Diario Sur

LA TRIBUNA

Dudas razonables ante el TTIP

A pesar de que las discusiones entre americanos y europeos en torno al TTIP han sido intensas y, en muchos extremos, se demoraron en no pocos asuntos sensibles para ambas partes, lo cierto es que el telón de fondo, más allá de intereses económicos más o menos explícitos -completamente pertinentes ante la naturaleza de su contenido-, dibuja las diferencias culturales entre ambos lados del Atlántico. Si los europeos, con razón, nos aferramos al principio de precaución, en virtud del cual nos anticipamos a los riesgos potenciales -no olvidemos que el Tratado afecta a cosas tales como la seguridad de los automóviles, el etiquetaje de productos cosméticos o el control sanitario de las pesquerías, por ejemplo-, al objeto de proteger e informar a los consumidores, en EE UU la costumbre sigue generalmente el principio de reparación, es decir, ya se resolverá el problema cuando surja.

Si nos despojamos del antiamericanismo tópico que impregna, a veces inconscientemente, algunas de las críticas más reiteradas a la posible aprobación del acuerdo, podremos ver lo positivo, es decir, los más de 100.000 millones de euros que llegaría a generar en la Unión Europea, lo que supondría, según un estudio del Centre for Economic Policy Research, unos 550 euros suplementarios anuales para cada ciudadano. Lo que es plenamente coherente con lo que la historia económica nos muestra, pues el comercio ha generado siempre crecimiento y la recesión o el estancamiento son la compañía habitual del proteccionismo. Pero dicho esto, muchas son las dudas que no se han resuelto satisfactoriamente por los negociadores, hasta llegar al momento actual, en el que las elecciones a la presidencia de los EE UU han acabado por complicar todavía más el proceso. Gane quien gane, con énfasis bien diferentes, es verdad, la Casa Blanca será menos favorable, estará menos abierta a asumir los postulados de la administración Obama, por lo que, con buen sentido y antes de forzar la máquina para acabar firmando un mal Tratado, lo razonable es dejarlo en stand by.

El lío comenzó con las materias más controvertidas, relacionadas con el sector agrícola. Los europeos están orgullosos, con razón, de haber introducido la trazabilidad en los productos alimentarios, y aducen que la otra parte es muy laxa con ciertas barreras sanitarias, muy proclive a la exportación de productos genéticamente modificados. Claro que puede haber un exceso de alarmismo, pero ha sido muy difícil obtener progresos relevantes en este dominio. Por no detenernos en las cuotas de importación, también muy contestadas. Pero el verdadero núcleo de las desavenencias ha venido del mecanismo previsto para arbitrar los posibles conflictos potenciales entre empresas y Estados, en caso de que se viesen lesionadas por una norma. Aquí la tradición americana choca frontalmente con arraigados hábitos de resolver litigios por medio de tribunales convencionales. Como también es un cuello de botella la resistencia de los EE UU a abrir sus mercados públicos, protegidos desde los años 30 por su Buy American Act.

En definitiva, el Tratado Trasatlántico no es ese tifón que algunos anuncian, que arrasaría Europa, o el caballo de Troya que desmantelaría la protección de los sistemas de seguridad social, pero tiene problemas cuya solución es deber de la Unión Europea intentar alcanzar. Es golosa la idea de un mercado de 820 millones de consumidores, piensan en algunos sectores, pero la fluidificación de las relaciones comerciales no puede hacer tabla rasa con modos de vida que, aunque cada vez más estandarizados, siguen teniendo sus preferencias y sus reticencias.

Poco se habla de un objetivo implícito en este proceso, que no parece ser otro que la marginación de la Organización Mundial de Comercio (OMC), para hacer valer el evidente peso de dos grandes potencias en este terreno, con la vista puesta, además, en la emergencia de China. Pero al lado de todo esto, ha aparecido ahora otro factor relativamente inesperado: el 'brexit'. Efectivamente, la decisión británica vuelve el Tratado un poco menos atractivo, incluso para sus partidarios, ya que la salida del Reino Unido dejará a muchas empresas americanas en dificultades de acceso. Y, sobre todo, si el Brexit se materializa, cambiará la relación de fuerzas respecto al Tratado. Ya lo dijo Obama, quizá contagiado de un ambiente mitinero, al lado del imprudente Cameron: «No man is an island», siguiendo al poeta inglés John Donne, pero, en cualquier caso, quizá Europa, llena de incertidumbres, puede aprovechar este impasse en la negociación del acuerdo para, a un tiempo, repensarse a sí misma.