Diario Sur

LA TRIBUNA

Adictos

Mi amigo Manolo, con el omnipresente cigarro en la boca, me dio la solución un amanecer, en El Gallo Rojo de la Malagueta: Déjate uno., al menos uno., sin leer...

Porque los dos, Manolo y yo, como muchos de los que en este preciso momento estarán leyendo esta tribuna, padecemos la arraigada adicción de tener todos los días el periódico. De ahí el síndrome de abstinencia en los tres días al año que no hay papel fresco en los quioscos -Sábado Santo, Navidad y Año Nuevo-. Desde que me lo dijo Manolo eso es lo que hago: el día anterior me compro varios y dejo uno, al menos uno, en la nevera de los inmaculados, esperando a ser devorado en la aciaga jornada siguiente.

Y es que el vicio a algunos ya nos viene impreso en los genes. Mi abuelo zafarrayero, Salvador el niño Matilde, mandaba a mi madre a recoger sus dos periódicos a la parada del autobús: el 'Ideal' y el 'Patria'. Le encantaba pasar las páginas al lado de la chimenea, a la luz de la bombilla que se ponía dentro del humero para ver como se cocían las morcillas en el tiempo de la matanza. Muchos años después, desconociendo este ritual, y ante el estupor de mi madre, el nieto repitió con enorme fruición este mismo gesto sin saber que lo había heredado del abuelo.

Recuerdo como siendo niño envidiaba al tío de la después sería mi mujer porque estaba suscrito al ABC y le llegaba todos los días a su casa. Yo, para comprarme el SUR, tenía que esperar a una cita médica que me obligaba a bajar a la capital malagueña. Mi madre me lo compraba nada más bajar de Casado en la Alameda. Y me lo leía todo, durante días, hasta las esquelas y los anuncios: entre otras cosas porque a saber cuándo podía comprar otro y porque, además, de esa forma, podía dilatar el placer sensual de acariciar el papel; de oler, una y otra vez, la mágica mezcla de tinta sucia y celulosa barata -placer que, como pueden imaginar, no lo ha podido conseguir todavía el SUR a través de internet.

Después terminé en el colegio mayor madrileño del 'Chami', y allí se consumó mi orgía particular del blanco sobre negro. Disponer de una sala con toda la prensa nacional escrita terminó de propagar el maravilloso incendio de la lectura de lo inmediato, de las columnas de Umbral, Burgos, Del Pozo y Alcántara; de las editoriales de Pedro J. en 'Diario 16', de las crónicas de Romero y Prego en 'El País' o 'El Independiente'.

Mi padre nunca entendió que hubiera gente como Muñoz Molina o su propio hijo que preferían desayunar solos en una cafetería, sin hablar con nadie, abriendo únicamente la boca para dar los buenos días, absortos en la sosegada ración diaria de lectura periodística, bañados por la luz tamizada e inigualable de una tibia mañana malagueña.

Cuando he vivido en el extranjero me llenaba de satisfacción -y de extraño orgullo patrio- poder comprar 'El País' que había llegado al continente americano tan sólo con un día de retraso, o en el mismo día si se trataba de la edícola que había bajando la cuesta de mi casa de Florencia. Y si hablamos de SUR en territorio nacional lo mismo me ha ocurrido, salvando las distancias, cuando lo he comprado en la Puerta del Sol o en cualquier quiosco de Granada.

Hace unos días, pasando los días de verano en el Trabuco, me encontré con Eduardo, el de los futbolines. Llevaba debajo del brazo el SUR, un periódico deportivo y casi noventa años. Me dijo que le había gustado mucho mi última tribuna, que las lee todas. Le pregunté desde cuando lee el SUR, me dijo que desde siempre, que su padre se había suscrito cuando se fundó la rotativa después de la Guerra Civil, que desde entonces en su casa siempre ha habido un ejemplar del diario SUR. En ese momento me acordé también de don Cristóbal, de Villanueva de Tapia, otro fiel lector de quien les escribe que, camino igualmente de los noventa, no ha dejado de leer nunca este periódico.

Al igual que las merecidas entrevistas a nuestros imprescindibles quiosqueros, de la misma forma quizás estaría bien entrevistar también a estos veteranísimos lectores de este periódico que persisten en toda la provincia de Málaga.

Ya me gustaría a mí poder llegar a esa provecta edad con la educación y la elegancia en la mirada, los pensamientos y los recuerdos paseados en mis piernas aún no cansadas., y el SUR debajo del brazo.

De momento me conformo con poder leer algún día estas entrevistas a los que me precedieron en este incontrolable hábito diario de la lectura. Ya saben, entre adictos siempre nos entendemos.