Diario Sur

ABOGANDO

No

NONES, una manera más liviana de decir algo que no resulta siempre agradable. Ahora se utilizan otras expresiones más contundentes: no es no, una obviedad tautológica y el ¿qué parte del no no entiende?, un sarcasmo. El no es no se utiliza no sólo en política con resultados regulares. También se emplea para tratar de definir la a veces, sólo a veces, difícil línea divisoria entre el coqueteo y la aquiescencia de ir más allá. Porque puede depender de la entonación. No es lo mismo nooooo que ¡no! Ha sido necesario inventarse modos de negar porque se ha puesto de moda y hay que hacer cualquier cosa para evitar el aburrimiento y la repetición.

Hace unos años se estrenó una película con este nombre que rememoraba la valiente campaña que realizaron unos idealistas para sacudirse de encima una dictadura que estaba durando demasiado, si es que, alguna vez, una dictadura debe durar. Era un plebiscito en el que se había formulado la pregunta de tal manera que era más fácil y lógico afirmar. A pesar de eso, triunfó la opción de la negativa contra todo pronóstico. Tradicionalmente, el que convocaba a un referéndum, lo hacía con la casi certeza o, por lo menos, con el convencimiento que le darían la razón. Fue el general de Gaulle el primero, creo recordar que la pifió. Le había ido bien al espigado militar en las cuatro ocasiones en que había hecho uso de esta fórmula para afirmarse: en 1958, cuando se aprueba una Constitución presidencialista, en enero de 1961, abril y octubre del 62. Pero en abril de 1969 se estrelló y no pudo encajar la derrota. Cierto es que el mayo del 68 estaba muy fresco y la gente, muy cabreada. Entre nosotros hemos celebrado unos pocos, todos a favor del convocante. No es necesario recordar los del antiguo régimen, el de 1947 para aprobar la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que transformó, de nuevo, España en un reino, sin rey por entonces y el de 1967 para aprobar la Ley Orgánica del Estado. Pero sí el de 1976 para aprobar la Ley de Reforma Política, el de 1978 para aceptar el texto constitucional, el de 1986, para ingresar en la OTAN, al que se alude constantemente en estos días, destacándose como un ejemplo de la madurez política de los iniciales detractores de la organización, y el de 2005 para aprobar la Constitución Europea que, al final, quedó en nada. Hay de todo, unos legales y otros que le están dando dolores de cabeza a sus impulsores que amenazan con reincidir, cierto es que dentro de un tiempo que da margen a mucho.

Pero se impone el no. Ha sorprendido el resultado de allende los mares después que habíamos enviado a nuestro Rey -emérito le llaman- para avivar el baile. A pesar del fracaso, como consuelo le concedieron al responsable un cotizadísimo premio. Mucho me temo que se había discernido antes de conocerse el resultado. Tengo mis reservas sobre la pureza del galardón y su carácter apolítico y objetivo. Se lo otorgaron a un presidente nada más que por aparecer sin esperar que cumpliese sus promesas, incumplidas todavía, de terminar con un campo de concentración inaceptable. Y hasta Hitler fue candidato después de firmados los pactos de Munich, de también triste recuerdo.

Para cambiar el signo de los tiempos podríamos convocar un plebiscito en Marbella como el célebre sexitano de 2009 para probar su Plan General de Ordenación Urbana, que harta falta nos hace. Total, en Suiza los celebran todas las semanas hasta para autorizar la apertura de una ventana.

Es una lata el no. Como dice la canción, el sí es tanto más bonito y tiene elasticidad.