Diario Sur

LA NUBE DOBLE

NIÑOS Y MONSTRUOS

Había ganas de 'Un monstruo viene a verme' y seguro habrá estado entre lo más visto del fin de semana. Teníamos deseos de conocer, antes de la secuela de 'Jurassic World', qué giro añadía J.A. Bayona a su corta e impactante filmografía. Anhelaban los amantes de lo fantástico ver la adaptación del libro de Patrick Ness. Había también ansia, bien alimentada, entre la peliculera audiencia de Mediaset. E imagino que hubo este sábado numerosos padres y madres de adolescentes con ganas de descansar un rato, así que los mandaron en hordas a los cines.

Dice el guión de la película que las historias son como criaturas salvajes, que cuando se dejan correr no se sabe qué desastres podrán causar. Igual que una pandilla. De modo que a muchos no se nos apareció un monstruo en el estreno, pero sí una chiquillada que no paró de cuchichear. En mi sala hasta un acomodador vino a verlos varias veces, pero ni por esas.

La obra, muy madura, tiene porte de peliculón, otra cosa es que se lo parezca al público juvenil. Va sobre el dolor, sobre el adiós a la infancia. Y alardea de una realización fantástica (portentosos los créditos y pasajes de animación), una música imponente y unos actores deslumbrantes, desde el niño protagonista desconocido a una 'oscarizable' Felicity Jones, junto a la ósea y algo seca aquí Sigourney Weaver como mala aunque no tan mala abuela del cuento.

Al final el resultado es una mezcla desacostumbrada, quizá descompensadilla, entre vigoroso relato fantástico y dramón, dramón. Una película efectiva (¿o efectista?) que hará correr arroyos de lágrimas. ¿Recuerdan aquella escena entre Shirley MacLaine y Debra Winger en 'La fuerza del cariño'? Pues si van a verla, rescaten los pañuelos de la cómoda. A mí me entretuvo más que emocionó, pero en el festivo pase, con la chavalería alborotada y poco atenta a las desdichas, una señora acabó llorando a moco tendido hasta en los aplausos finales. Sin parar de lanzar hipidos, la mujer solo recibió el consuelo de su sagaz pequeña hija, que le soltó: «Ea, ya no venimos más». Qué monstrua.