Diario Sur

Tar-jetas

Casi provoca vergüenza ajena contemplar estos días el retrato del banquillo de los acusados en la sala de la Audiencia Nacional por el sumario de las tarjetas 'black'. Ahí están apellidos hasta hace poco respetables y respetados, la flor y nata de la clase dirigente. Demócratas, liberales, socialistas, presidentes de empresas, catedráticos de economía, profesionales brillantes y sindicalistas. Todos ahora con la honra por los suelos pringados por unos miles de euros; metidos en el tejemaneje de amiguetes, esquivando al fisco, sacando un fajo de billetes en la clandestinidad del cajero o pagando rumbosamente miles de euros en vino de reserva. Digo vergüenza ajena porque lo queramos o no, esas caras de circunstancias apiñadas en una sala más estrecha que cualquiera de los despachos que ellos disfrutaron en los momentos de éxito reflejan el fracaso de la sociedad española en la gestión de los años de bonanza.

A ellos los pillaron. Los trincaron con la moral extraviada y la manga ancha para sumarse sin escrúpulos al saqueo del botín de una banca que, según uno de los jefes de la manada, «jugaba en la Champions League». Ellos van a pagar por militar en el chiringuito de los privilegiados que tiraron del dinero público que, como alguien dijo, «no es de nadie». Van a pagar por firmar créditos multimillonarios a empresas levantadas por oportunistas del ladrillo sin la menor solvencia. Y si la conciencia les remordía no había mejor remedio que sacar la tarjeta y hacer un poco de shopping en el sector del lujo. Debía remorderles mucho porque si la mejor terapia para la depresión, dicen los psicólogos, es darse un homenaje, comprarse unos zapatos de cuatrocientos euros, cenar en un restaurante michelín o simplemente dejarse llevar por los caprichos en el 'Corty', ellos recurrieron a esa medicina a todo tirar.

En esta especie de juicio a una época, como muchos la han bautizado por la coincidencia con 'lo' de Gürtel en la sala contigua, hay otros muchos que no están en el banquillo. A esos no los pillaron. Pero en sus otras cajas provinciales y del Monte de Piedad, en empresas municipales, corporaciones de titularidad pública, procesos de venta de terrenos, privatizaciones de servicios, también tomaron su parte del pastel. Inspectores, reguladores, bancos centrales, agencias tributarias, ¿dónde estaban? ¿Y los ciudadanos? ¿Y la gente? ¿Qué hacía la gente? Pues muchos dejaron que chavales con la ESO sin acabar se pusieran a trabajar en la construcción para ganar pasta y comprarse un Seat León. Otros se metieron en hipotecas imposibles a 40 años por pisos de doscientos mil euros. La consigna era: a vivir a crédito que ya proveerá el Estado de bienestar. El derroche se contagiaba. A recalificar, a inundar el mercado de viviendas. Eso sí, unas cuantas sociales para la familia de los concejales amigos. Unos se pulieron las black y otros le echaron la tar-jeta a la vida.