Diario Sur

A CADA UNO LO SUYO

Mi señor Germain

En estos días, por motivos académicos, he tenido que rumiar con la compleja legislación educativa, un escenario donde en su vertiente fáctica nos mezclamos niños, padres, maestros e instituciones, cada uno de su padre y madre (nunca mejor dicho), con formas de ver y entender las cosas a veces muy distintas, aunque nadie en su sano juicio pueda dudar que el meollo de la cuestión, la educación de nuestros niños, es una de las cuestiones más importantes en cualquier país que se precie. Pero lo de hoy no va sobre la educación para la ciudadanía, los conciertos, las becas, la inversión en educación u otros temas de altos vuelos. Yo quiero hablarles de los maestros, término que no se contrapone al de profesor (según algunos finolis, más prestigioso). Cuando queremos resaltar en la universidad a un profesor que ha destacado por su calidad científica y humana, creando 'escuela' en el mejor sentido de la palabra (y no tomando la universidad como un cortijo), hablamos con la boca llena de 'maestros', con pleno reconocimiento por el orgullo que sentimos ante alguien que nos ha enseñado con sus libros, clases y sobre todo con su ejemplo. Supongo que los maestros de infantil y primaria son conscientes, pero no sobra recordarles que por esa etapa discente, por afortunado imperativo legal, hemos pasado todos (bueno, un servidor ya hace muchos años), y que nos pillan en edad clave para conformar nuestro futuro vital, por eso lo que digan tus maestros va a misa y eran y siguen siendo para los restos, Don..., aunque hayan pasado ya decenas de años. Estoy convencido que enseñar a niños, en especial a los renacuajos de infantil, es endiabladamente más complicado que cualquiera de mis clases en la facultad.

No se trata de pelotear a un colectivo, es simple instinto de protección para nuestra descendencia: hay que dignificar la función docente, en especial la que tiene que bregar con los niños. Y hay que hacerlo con más valoración social y medios. Mi maestro en mi querido San Bartolomé, colegio salesianos de Málaga, no era el señor Germain ni yo soy evidentemente Albert Camus, pero podría suscribir literalmente gran parte de la emotiva carta que el escritor envió a su maestro de la infancia después de recibir el Premio Nobel, en especial cuando le decía «sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido». Mi 'señor Germain' se llamaba D. Miguel Ángel, y aunque he preguntado no he sabido lo que ha sido de él. Con Camus coincido en el blanco de los ojos, en lo demás gana el autor de 'La peste', pero creo que siento la misma emoción al evocar el recuerdo de mi primer maestro.