Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

PIES DE FOTO

Tiene Pepe Ponce el don de la ubicuidad, perilla cana de califa y cuerda para rato. No sólo carrete fotográfico, ese lo cambió hace tiempo por la casquería digital, sino la hebra fácil y gozosa de pararte en medio de la acera y contar y contar. Recordar, por ejemplo, sus años de profesor, cuando cambió a los adolescentes febriles por niños con otros dolores, otros males, que algunos pretendían curar con la receta del menosprecio, esa forma pueril de desamparo. Con aquellos niños hizo Pepe lo hace siempre, más tarde o más temprano: sacar la cámara. Y con ella consiguió en pocos meses que algunos desahuciados aprendieran a leer y a escribir, que fijasen la mirada perdida en la pared.

Pepe Ponce forma parte del paisaje cultural y sentimental de la ciudad. En cada presentación, cada conferencia, cada estreno. Juntando a quienes sí salen en la foto. No como él, siempre al otro lado. Pepe juega en el campo contrario de lo cotidiano y ahí es difícil ganarle la partida a la posteridad. Pepe es verborreico y afable, ajeno a la impostura del misticismo hueco y, al final, resulta que a Pepe lo tenemos demasiado a mano como para reconocerle la inquietud estética, la ambición artística y la sapiencia técnica. Pero ahí están sus fotos en el Ateneo de Málaga, colgadas desde el pasado viernes.

Las imágenes de un viejo profesor para inaugurar el curso del Ateneo. Medio centenar de retratos para medio siglo de vida de la institución. Imágenes realistas, otras psicodélicas, algunas surrealistas y todas ejemplo del psicólogo que esconde todo buen fotógrafo. Porque Pepe hace como que habla contigo, como que te da coba y de repente saca de la riñonera -Pepe sigue usando riñonera- su pequeña cámara negra, se yergue como un suricato curioso y dispara con la esperanza de que no te hayas dado cuenta. O sí. A él le da lo mismo, porque la foto ya está hecha, sólo que no parece sentirla como una pieza de caza o un trofeo, sino que la acaricia como quien ha descubierto un tesoro que pensaba más soñado que real.

Realidad y sueños, fantasía y memoria en otras fotografías, las de Juan Manuel Castro Prieto. El último Premio Nacional de Fotografía llegaba esta semana como nuevo ejemplo del realismo mágico que gobierna la ciudad. Miércoles, 10 de la mañana, inauguración de una muestra de fotografías de Castro Prieto en el Archivo Municipal. Miércoles, dos y pico de la tarde, Castro Prieto llega a la ciudad. Miércoles, seis de la tarde, Castro Prieto ofrece una provechosa conferencia de la mano de la Sociedad Fotográfica de Málaga, anunciada tiempo atrás, pero se ve que en el Ayuntamiento nadie tuvo la previsión, la cintura o la deferencia de, una vez comprobado el estropicio, al menos improvisar una visita del autor para ver un montaje con su propia obra. Otra muesca en la culata chusquera municipal.

Otras señales, marcas en el calendario para barruntar cuándo abrirá el Museo de Málaga en la Aduana. La Junta de Andalucía sigue con el estriptis de almanaque, calentando el ambiente sin quemarse, dejándose querer en cada visita de colectivos, asociaciones, rivales políticos y compañeros de partido y gabinete. Mantiene la Junta que la inauguración será antes de diciembre y se resguarda tras las agendas para no concretar el día. Espera, de paso, confirmar si habrá o no terceras elecciones. Ese bochorno dejaría apenas dos semanas mal contadas en noviembre para el fiestorro. Pero no tema la Junta, que aquí, hace dos primaveras, nos calzamos cuatro inauguraciones en seis días. Entonces también había elecciones y ya conocemos sus cuitas: que en esas vísperas, el que se mueva, igual no sale en la foto.