Diario Sur

POR AHORA

El pacto secreto

Hay momentos en la política española en los que cabe preguntarse por si alguno vino a comandar la nave con un nuevo impulso y unas cartas de navegación de mayor calidad y resultado contrastado o a venderla y traer en su lugar un pequeño aeroplano. El insistente rumor acerca de un pacto, formulado a espaldas de todos, con Podemos y los independentistas previsto para ser presentado de forma cerrada a cara de perro en un comité federal del PSOE sin respuesta posible ni capacidad de maniobra es francamente alarmante. Incluso algunas fuentes van más allá indicando que el presunto e ignoto pacto, en toda su extensión, incluye la inmediatez de una legislatura constituyente de 'una república federal'. A espaldas de todos, incluso de su propio partido, el acuerdo de venta y transacción del modo de estado estaría rubricado por los que hoy han salido de la más alta jefatura del PSOE. De revelarse cierto todo ello, resultaría cómica -si no fuera dramática- esa constante apelación a «que decida la militancia», por parte de quienes han intentado actuar ignorando a todos en un alarde autocrático sin parangón.

Las sorprendentes palabras de aliento de Carles Puigdemont hacia Pedro Sánchez el mismo sábado 1 de octubre en que se celebraba el comité federal socialista que dio al traste con su secretaría general parecen alumbrar algunas pistas. También la presencia en la calle Ferraz de miembros de IU y de Podemos, ante la celebración de la reunión de los órganos internos de un partido ajeno, es llamativo, ¿qué fueron a defender allí?

A pocos se les escapa que los avisos de ruptura a los gobiernos socialistas de determinadas comunidades autónomas, como Castilla la Mancha, Extremadura o Aragón, hechos por Podemos, guardan la coincidencia de estar comandadas por barones de los llamados críticos. No se sabe si, en medio de un trascendente debate, fue sólo una intromisión intolerable para condicionar sus resultados o que, fruto de la intimidad a que se había llegado en las conversaciones del pacto, fue una solicitud de Sánchez a Iglesias para meter en cintura a los díscolos.

En cualquier caso, el no al Partido Popular, el no a pactar con los secesionistas y el no a las terceras elecciones eran -como tantos dijeron- incompatibles entre sí, o tenía truco. Alguien mentía.

Dialogar, negociar y pactar son rasgos e ingredientes de una democracia, pero no todo se puede acordar ni todo es transaccionable. Hay límites que marca la propia esencia de la democracia, como son la ley y aquellos principios que llamamos fundamentales y que recoge nuestra Constitución. Es elemental que no se puede -no se debe- pactar con quienes quieren deshacer la unidad territorial y política de España o la igualdad de los españoles, mucho menos aún se puede comprometer que el orden constitucional se vaya a subvertir o que se procederá a cambiar la forma del Estado. Y todo ello en secreto, en un secreto alevoso con todo tipo de declaraciones equívocas y de distracción.

En plena modernidad -hace mucho que el ser humano cree vivir la modernidad- se suele rechazar cualquier modo lingüístico o verbal que aparezca como grandilocuente, como si nada verdaderamente trascendente pudiera ocurrir en el momento presente. Instintivamente solemos rechazar las palabras traición o sedición, o las denominaciones descriptivas como conspiración contra el orden establecido, parece que nada de esto puede pasarnos o que nada es tan sagrado como para llamarlo de estos modos. Pero todo puede ser y poner en jaque las más esenciales reglas de convivencia o la definición, los límites y la propia existencia del Estado, no tiene una acepción o un vocablo que lo explique que sea usual o menor.

Así, que haya una abstención suficiente, que prospere la investidura, o lo que quiera que pase, puede ser y es muy importante. Cumplir los compromisos con la UE, aprobar el techo de gasto, trasponer las directivas, nombrar nuevos embajadores, subir las pensiones, abordar en suma todo lo que está pendiente y es verdaderamente urgente, todo, es crucial. Pero mucho más lo es la democracia y el orden constitucional de nuestro país y que los que juran o prometen cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes no disipen su compromiso por ignorancia, relativismo o frivolidad. Traicionar lo que se comprometió guardar nunca es una opción.