Diario Sur

SIN IR MÁS LEJOS

Dos hombres y Málaga

Sitúense en los años 80, cuando hablar de energía solar era solo cosa de algunas grandes multinacionales del petróleo. También de algún científico iluminado, como en aquella Málaga por donde andaba un físico empeñado en darle vueltas al rendimiento de las células fotovoltaicas. Nadie nace para cambiar las formas de obtener energía, ni para hacer el primer láser en España en los años 60, pero a él la crisis del petróleo del 73 y los popes de la OPEP le encendieron la bombilla, y hasta hoy, con una veintena de patentes sobre el sector fotovoltaico y un curriculum en la élite que lo convierte en el pionero fotovoltaico de la soleada España. Innovó al principio con su célula bifacial, una especie de 2x1 en la producción industrial de obleas de silicio que despertó interés entre gigantes petroleros y otras multinacionales llamando a las puertas del futuro. Sus avances no salían de un garaje californiano sino en una pequeña nave en uno de nuestros polígonos, entonces íntegramente africanos en su desorden y suciedad. También el desierto hostil se extendía a una política tecnológica andaluza entonces en pañales que decidió arropar las células de silicio del malagueño para abrirles una rendija al futuro, y en esa protección quizás estuvo gran parte del pecado original de Isofotón, pero claro, el capital local estaba tapando el sol con ladrillos y no estaba por los paneles. Aquel científico era además un emprendedor antes de que la palabra se desgastara. Luque siempre estuvo en la frontera del conocimiento, como corresponde a un gran científico, pero también pisando el terreno industrial, donde no es fácil hallar a muchos de sus colegas. Es de esos malagueños que siempre buscó un lugar bajo el sol en su propia tierra, y parió Isofotón, la criatura prometedora que luego se convirtió en un gigante mundial. Sus patentes despertaron el interés de todo tipo de pretendientes industriales. Isofotón sucumbió con los últimos dueños al 'dumping' asiático. Antes de su quiebra asistímos al rebote de un gato muerto que no sabíamos que estuviera tan muerto. Una gestión demasiado acostumbrada a la monodieta de avales y subvenciones públicas dio la puntilla a una de las últimas grandes industrias de Málaga. Al profesor Luque, alejado de Isofotón hace 26 años, le han hecho doctor honoris causa en su tierra, cuando la factoría es chatarra para su tristeza, la nuestra y la de la plantilla del millar de trabajadores e investigadores enviados al paro. La aluminosis de la última gestión privada diluyó un proyecto que en 40 años pasó del infinito al cero. En mayo pasado, la UMA reconocía a otro 'malagueño', el economista y agrónomo Dieter Wienberg, que cambió la agricultura andaluza hace 50 años desde la finca La Mayora. Sin él, Huelva no sería emporio de la fresa ni la Axarquía una potencia en mangos y aguacates. Los profesores Luque y Wienberg miraron al futuro y sembraron con desigual fortuna, pero Málaga se convirtió en una tierra mejor gracias a ellos.