Diario Sur

HABLAR Y VIVIR

COSER

Es muy agradable comprobar que una palabra se pone de moda y se repite durante un tiempo aunque sea breve. Eso ha sucedido con el verbo coser, del que la RAE ofrece seis acepciones; de ellas, cuatro tienen en común el significado de unir partes separadas; otra se refiere a reparar una prenda, casi siempre de vestir y una más tiene un sentido cruel: «Producir a alguien varias heridas en el cuerpo con arma punzante o de otro tipo». El uso en este caso al que me refiero es figurado y muy expresivo.

La frase nace de la conciencia de división, de ruptura de las partes de un todo y concluye con la necesidad de unir y volver a restaurar el traje, la unidad de acción y la armonía.

Sería faltar a mi deber de analista no referirme al lenguaje usado en la crisis que ha convulsionado al PSOE, el partido que más años ha gobernado en España y que en estos momentos es el principal partido de la oposición.

No hace muchas semanas escribí sobre el insulto y señalaba la hipocresía social de lo políticamente correcto. Solo desde esta perspectiva se puede analizar la frase que ha sido el disparo de salida, pronunciada por Felipe González, que afirmó, después que Sánchez le dijera que se pensaba abstener en la segunda votación de la investidura de Mariano Rajoy: «Me siento engañado y defraudado». Dos participios muy precisos que contradicen esa estructura tan repetida como «no dice verdad». Aquí se trata de mentir y su consecuencia, el engaño. La frase hay que contextualizarla, no la dice un militante ni un cargo, la dice un icono, una referencia del socialismo español y de la historia reciente.

El lenguaje de los medios, reflejo en gran medida de las declaraciones de los protagonistas, se ha teñido de intensos tonos bélicos; así, se afirmó que la sede socialista se convirtió en un búnker donde se atrincheraron unos, mientras que los contrarios cercaban la plaza. La palabra guerra saltó con toda normalidad al terreno. Antonio Pradas, portavoz de los contrarios a Sánchez afirmó: «enrocarse, blindarse y atrincherarse en una casa del pueblo como Ferraz».

Las máscaras cayeron, de lo que me alegro mucho y recurro al dicho: «Al pan, pan y al vino, vino». Hay que llamar a las cosas por su nombre dentro de las normas generales de buena educación, que no es lo mismo que opacar el sentido, lo que produce confusión del mensaje. Lenguaje épico en la mejor tradición.

Se ha recuperado, especialmente por el señor Sánchez, el uso de la primera persona y la argumentación ad hominem; en definitiva el 'yo' reaparece. La señora Pérez afirmó con rotundidad que: «Yo soy la única autoridad». Podrá analizarse desde otro punto de vista, pero desde el lenguaje es volver a la normalidad de uso que buena falta hacía, de todas maneras no se tardará en regresar a un supuesto orden lingüístico, chato y sin expresividad. Durante unas horas se recuperó el color.

Sigamos. El mismo Pradas recurrió a una frase que toca los sentimientos más sensibles y llega al nivel emocional básico. Si reconstruyo los hechos, siempre con todas las dudas porque no estaba allí, el clima tuvo que ser hasta dramático, sin exageración alguna. Cuando Pradas quiso entrar en su despacho no se lo permitieron y dijo: «No me dejan ni entrar a por el retrato de mi hijo». No es posible argumentar en contra, se ha llegado al extremo y la crueldad aparece en el horizonte.

Una tendencia política, ¿verdad, querido Plácido Fernández Viagas, humanista en el más noble de los sentidos?, es la sustitución de la representación establecida en los sistemas constitucionales por el populismo asambleario. El recurso a los militantes, a las bases por encima de cualquier otra consideración. El señor Luena afirmó: «Si quienes temen a los militantes o no quieren que hablen, ¿pueden dirigir el PSOE?» y concluye: «No caben atajos, ni artimañas, ni goles», se entiende golpes de Estado.

El señor Puente insistió en el recurso a la militancia y recurrió a una imagen clásica: «. y cuando el partido quede reducido a cenizas.» Como si el partido fuera Cartago. Lealtad y dignidad son también palabras empleadas en sentido negativo. Los llamados de manera eufemística «críticos», mejor decir, enemigos, son desleales e indignos. Muchas de las declaraciones recuerdan los tonos encendidos de la prensa e incluso del parlamentarismo del XIX y de la República.

La guinda sin duda fue el editorial de 'El País' contra Sánchez, algún medio lo comparó con una carga de amonal, el explosivo de tan triste recuerdo. El diario entró ad hominem y afirmó con una rotundez violenta: «insensato sin principios» y lo acusó directamente de «querer destruir el partido». No existe margen a la rectificación que no se desea en ningún caso. Bienvenida la frescura de la expresión exacta, aunque sea un ratito.