Diario Sur

RELACIONES HUMANAS

Conmover o gobernar

Está de moda expresar las emociones en público. No solo en los programas televisivos del corazón o en las concentraciones multitudinarias después de un triunfo deportivo, sino también entre los políticos. Ante cualquier hecho doloroso, quien no llora o no se manifiesta cariacontecido detrás de una pancarta ha firmado su sentencia de muerte política. No importa si se ha hecho o no algo por resolver el problema que ha originado la tragedia, ni si el llanto es un gesto de circunstancias o revela el propósito firme de actuar en prevención de casos similares. Lo que cuenta es la muestra de dolor real o fingido, que automáticamente engendra en quienes la ven una simpatía más poderosa que cualquier adhesión ideológica. Lo sentimental vende. Y no solo en lo privado, donde debería quedarse, sino también en lo público. Las emociones dan y quitan más votos que los programas, los compromisos y las intenciones.

Remitiéndose a su etapa de reportero de sucesos, refería hace poco Manuel Jabois la frecuencia con que se había encontrado con el malintencionado comentario de «muy bien se le ve a ese» ante la ausencia de lágrimas o la entereza de un amigo o familiar cercano del difunto. «Lo llamativo en el caso del dolor –concluía– es la sospecha que despierta no exteriorizarlo». A una conclusión similar llega Theodore Dalrymple en ‘Sentimentalismo tóxico’ (Alianza editorial, 2016) al evocar el caso de la niña Madeleine McCann, desaparecida al sur de Portugal en 2007. Cuenta cómo parte de la opinión masiva británica llegó a acusar a sus padres de haber matado a la niña basándose en que en sus apariciones públicas no se les había visto verter lágrimas ni dar señales de desesperación. Nadie se paró a pensar que su aparente impasibilidad obedecía al consejo policial de mostrar entereza para no satisfacer el ansia de dominio de los posibles secuestradores, y que su procesión iba por dentro. Pero hoy día ocultar las emociones, observa Dalrymple, «es una traición hacia los demás porque supone que estamos desconfiando de ellos y dudamos de su capacidad de compasión».

Nada escapa a la arrolladora corriente de exhibicionismo sentimental que invade la comunicación, la vida política, los negocios y hasta la propia educación, a la que Dalryle dirige una buena parte de sus andanadas. Lo que prima en las aulas, en su opinión, es una mentalidad de raíz romántica, entre rousseauniana y cursi, que lleva a defender acríticamente postulados del tipo ‘enseñar jugando’ o ‘educar intuitivamente’ sin tener en cuenta las nefastas consecuencias que pueden llegar a tener en la formación de los individuos. La experiencia del autor como psiquiatra en países africanos y en suburbios de ciudades británicas le ha permitido comprobar hasta qué punto el sentimentalismo no solo es fuente de perpetuación de desigualdades e injusticias, sino que incluso puede considerarse «progenitor, padrino y partera» de una violencia que alcanza índices alarmantes en el espacio escolar y en las relaciones paternofiliales.

En la esfera pública, la irrupción de lo sentimental como pauta de comportamiento en las decisiones y en el discurso no sólo ha creado un estilo de corte demagógico y populista –no deja de ser revelador que uno de los debates del momento se plantee entre los partidarios de ‘asustar’ a la gente y los inclinados a ‘seducirla’–, sino que empieza a determinar incluso las prioridades de atención. Dado que la vida pública se ha convertido en un intercambio de afectos y no de razones, interesa hacer creer que es mejor político el que empatiza con las emociones de los individuos, en vez de aquel que se vuelca en la solución de sus problemas. Y así los asuntos de atención preferente acaban siendo los que ponen en juego bienes de naturaleza emocional antes que otros donde se buscan objetivos racionales, prácticos o justos. En nuestro tiempo empieza a ser raro ver en la calle grandes masas movilizadas en defensa de la estabilidad de unos puestos de trabajo o reclamando un salario digno; en cambio crecen las muchedumbres dispuestas a luchar por una bandera o por la abolición de un festejo donde se maltrata a los animales.

Como ha escrito el profesor de ciencia política Manuel Arias Maldonado –autor, por cierto, del esperado ‘La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI’, de inminente publicación– «los seres humanos poseen una natural inclinación a estructurar la realidad a través de narraciones o historias que les permiten vincularse afectivamente con los acontecimientos». Esta tendencia natural queda reforzada por otro impulso relacionado con la pereza: cuanto más se complican en la vida moderna las realidades de todo tipo que nos incumben, más tendemos a interpretarlas en una clave emocional que nos las hace más inteligibles y nos crea la ilusión de participar en ellas de modo directo y decisivo. ¿Qué tiene de raro entonces que el político trate de intervenir en esos melodramas y aspire a hacerse con un papel protagonista que le granjee nuestras conmovidas ovaciones?