Diario Sur

ARTE EN MARBELLA

SE LLAMABA ALBERTO

En la segunda edición de su libro 'Tratado del paisaje', el teórico y pintor francés André Lhote (1885-1962), al final del prólogo, advierte, de manera brusca y tajante, sobre las intenciones de su trabajo: «He aquí, espero, consideraciones capaces de disipar en muchos jóvenes la creencia de que la pintura es un entretenimiento o un modo de ganarse el pan». He recordado este propósito (o más bien, seria admonición) con motivo de una historia de superación que les quiero contar: la historia de un aprendiz de pintor que lucha contra sus enormes taras físicas que le impiden, desgraciadamente, 'ganarse el pan' con la pintura, pero que no merman su espíritu fogoso y luchador, invencible ante un lienzo en blanco y los escollos que entraña; actitud que transforma el mero 'entretenimiento' inicial en una pulsión arrebatadora, quizá dolorosa, aunque iluminada por ese don o intuición natural del verdadero artista.

Para ello hemos de remontarnos 40 años, en concreto hasta mayo de 1976, fecha en que el pintor Perdiguero decidió convertir su taller en una escuela de pintura, que se llamó 'Estudio de Arte, Nueva Marbella', situado en la avenida Arias Maldonado, 3, en Marbella. Si bien el maestro no recuerda con exactitud en qué momento se matriculó, sí conserva una imagen precisa de aquella tarde, cuando se presentó en la escuela, acompañado de su madre, porque quería aprender a pintar. El muchacho tendría entre 25 y 30 años; moreno, de mediana estatura, ojos expresivos y barba poco poblada, casi indómita. Mas también era mudo -tan solo podía emitir algunos sonidos guturales- y padecía una severa limitación psicomotriz que le dificultaba andar y moverse con normalidad, y el mero hecho de agarrar el pincel le suponía un esfuerzo supremo.

Sin embargo, su voluntad por aprender superaba todas estas barreras; aunque, eso sí, no le gustaba dibujar, prefería pintar, y pronto cambió el carboncillo por el óleo y enseguida surgió el creador que su apariencia ocultaba. Una pasión interna que se enfrentaba no solo a su minusvalía física, sino también a la compleja estructura de un cuadro; de ahí que, según el profesor, era un espectáculo verlo trabajar: la mezcla impetuosa de colores en la paleta; su concentración extrema, casi mística, a la hora de aplicar el pigmento; sus angustiosas idas y venidas para observar el lienzo. y entonces brotaban aquellos maravillosos bodegones -su tema favorito- de pocos elementos, pero de exquisita sensibilidad cromática: rotundos y encendidos, sosegados y atmosféricos. Y hasta aquí les puedo contar. No he podido averiguar el paradero de ese muchacho, ya hombre; si aún reside en Marbella o si continúa pintando. Tan solo sé que se llamaba Alberto.