Diario Sur

Los límites de la ficción

En la medida que la realidad va haciendo competencia desleal a la ficción en tantos órdenes de la vida, aumentan las cada vez más audaces incursiones de la ficción en el territorio de la realidad. El último caso ha corrido a cargo de la novelista Elvira Navarro y su libro 'Los últimos días de Adelaida García Morales'. Partiendo de una anécdota oída y no verificada, Navarro construye en torno a la figura de la también escritora García Morales una historia de abandono y ruina que no deja en buen lugar ni a su protagonista ni a las personas de su alrededor. A la una, porque aparece retratada como un ser difícil, desvalido y perturbado, que años después de haber conocido el éxito literario va de puerta en puerta mendigando unas monedas para tomar un autobús de Sevilla a Madrid. A los otros, porque los deja a la altura moral del betún. El título del libro destierra cualquier confusión: menciona a la escritora con su nombre y sus dos apellidos. La portada refuerza el efecto de verosimilitud, pues en ella aparece un retrato real de la mujer, el mismo que los lectores pudieron ver en las solapas de esas dos hermosas piezas que son 'Sur' o 'El silencio de las sirenas'. Pocas veces el marco de un relato ha ofrecido claves tan exactas. Quizá por esa razón las revistas de letras se apresuraron a recibir la obra como una crónica de denuncia, tal como quedó reflejado en no pocos reportajes donde los hechos supuestamente reales se imponían sobre las valoraciones literarias. Hubo que esperar a una queja del cineasta Víctor Erice, el que fue esposo de Adelaida García Morales, para que Elvira Navarro saliera a aclarar que todo era una invención suya, y que su novela no debía leerse como una biografía. Pero si así era ¿qué necesidad tenía de poner ese nombre a su personaje? ¿Por qué encajar la historia ideada en la real comprometiendo la imagen de personas vivas o recién desaparecidas? A algunos nos disgustan estos juegos malabares con la vida y la identidad de la gente. No vale esgrimir la libertad de creación o la de expresión, ni tampoco apelar a la tradición del relato histórico donde lo cierto y lo fantaseado suelen entremezclarse. Y no vale porque de ese mejunje han derivado perjuicios directos a personas. La literatura no está exenta de responsabilidades morales. Y menos cuando en su nombre se urden tretas para atraer lectores por medio de señuelos morbosos. La ficción empieza a traficar más de lo prudente con la vida real. Puede deberse a que también en la vida real van quedando desdibujados los límites entre lo público y lo privado. Pero el que así suceda no autoriza a borrar también la intocable línea que separa la verdad de la mentira, ni siquiera si está por medio la posibilidad de lucrarse de ello.