Diario Sur

LA ROTONDA

Fútbol o deporte

La ciudad de Málaga ha conseguido ser elegida como sede por primera vez en la historia de un partido internacional de rugby pero puede ser que ese momento histórico nunca se produzca. El escenario donde ha sido programado, el estadio de atletismo, es de propiedad municipal pero quien decide qué se hace ahí es el club... de fútbol. No se trata de las instalaciones (públicas) donde el equipo juega (gratis) sus partidos y donde la sociedad propietaria tiene (también gratis) sus oficinas, sino el sitio (también público) que utiliza para entrenarse. Un estadio que se levantó con la perspectiva de que albergara eventos de otras disciplinas pero del que el fútbol acabó adueñándose.

Hay círculos de los que es difícil salir, sobre todo cuando el personal se siente más cómodo dando vueltas siempre en torno a lo mismo que saliendo al mundo y dándose la oportunidad de nuevas experiencias. Lo que los cursis modernos llaman el 'área de confort'.

Cada cuatro años tenemos la oportunidad de asistir a competiciones diversas, nos enteramos de que el deporte no se acaba en 22 millonarios, generalmente maleducados y desleales, corriendo detrás de un balón y hasta comprobamos que no sólo los deportes más difundidos pueden levantar pasiones. Incluso entre quienes no alcanzan a entenderlos del todo porque nunca antes han tenido la oportunidad de hacerlo.

Pero acaban los Juegos Olímpicos y volvemos a lo de siempre. Ni siquiera los considerados hermanos menores del fútbol -su versión femenina y la modalidad de sala- consiguen la más mínima atención.

Alguien podrá decir que es eso lo que le interesa a la gente y ahí es donde volvemos al círculo de la comodidad. ¿Qué oportunidad hay de conocer otra cosa? ¿Por qué se da por hecho que el interés del público por el voley, la natación, el waterpolo, el atletismo o el badminton sólo se mantiene vivo durante dos semanas cada cuatro años?

La influencia social del fútbol ha hecho que los clubes se transformen no sólo en embajadores de las ciudades a las que representan, a veces con bochorno para sus vecinos, sino sobre todo en poderes fácticos a los que las instituciones evitan enfrentarse. Así, a nadie sorprende que no se los persiga pese a su escandalosa condición de morosos fiscales o que se vea natural que utilicen instalaciones públicas como si fueran sus cotos privados. Y que con los privilegios que les han sido concedidos, por cálculo, por oportunismo o por pusilanimidad, bloqueen la visibilidad y el crecimiento de quienes promueven disciplinas diferentes que afortunadamente aún atesoran, sin que hayan sido laminados por el negocio, los auténticos valores del deporte.