Diario Sur

MIRANDO AL MAR

ESCALA DE VALORES

DESDE que se celebraron las elecciones generales en diciembre del pasado año uno tiene la sensación de asistir a un continuo pase de la película 'Atrapados en el tiempo', esa protagonizada por Bill Murray y en la que cada mañana, cuando se despertaba, volvía a encontrarse en el llamado día de la marmota, repitiéndose la historia continuamente. Son diez meses ya de eternos debates sobre qué es lo que deben hacer los partidos políticos para que este país tenga, de una vez por todas, un gobierno que no sea en funciones. Se ha llegado ya al extremo de matizar si debe haber una abstención técnica o abstención útil, antes incluso de decidir si se llegará a la abstención. Y vuelven las mismas declaraciones, los mismos argumentos, mientras el resto del mundo nos mira y se acuerda de aquellos años de la transición en los que los acuerdos facilitaron el camino a unos españoles temerosos de que volvieran oscuros tiempos.

Mientras tanto se van agravando los problemas que más preocupan a la mayoría de los ciudadanos, entre ellos, por este orden, el paro y la corrupción. Según un informe de la OCDE, en el mundo hay cuarenta millones de jóvenes que ni estudia ni trabaja, los llamados "ninis", y España no es precisamente de los últimos de la lista, sino todo lo contrario. También figuramos en un lugar destacado en las cifras de fracaso escolar, en lo que mucho tendrán que ver los continuos vaivenes en los planes educativos que elaboran nuestros políticos. Y estas cosas no se solucionan en dos días sino que es cuestión de tiempo y rigor, lo que no parece que sea lo que se esté empleando.

No deja de ser curioso que en las preocupaciones de los españoles, según la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, el tercer lugar lo ocupa ya la clase política, por delante incluso de la situación económica, porque está claro que una cosa tiene que ver con la otra. Eso sí, por otro lado están aquellos que cínicamente piensan que los gobiernos solamente sirven para prohibir o subir impuestos. La realidad es que mientras hay un gobierno en funciones se paralizan cosas tan importantes como la obra pública, las oposiciones a puestos de trabajo oficiales o la aprobación de determinas partidas económicas que algunas instituciones como los ayuntamientos esperan recibir. Por no hablar del factor psicológico que supone la inestabilidad para algunos inversores que esperan que se aclare la situación para decidirse. Después está Bruselas con la mirada fija y la escopeta cargada en espera de los cumplimientos a los que estamos obligados.

Todo hace indicar que, pese a que a los candidatos a gobernar se les llene la boca con sus intenciones de buscar el bienestar de los ciudadanos, éstos tienen la impresión de que su escala de valores no es la misma, de que sus prioridades están más cerca de consolidar posiciones de poder que la de resolver lo más inmediato, que en muchos casos se trata de cuestiones de pura supervivencia, como señalan esas cifra del paro que no terminan de alejarse de los cuatro millones de personas.

Todas estas cosas tienen su repercusión en nuestro entorno más cercano, aunque a veces no lo parezca, porque cada vez es más frecuente escuchar aquello de "eso lo tendrá que aprobar el nuevo gobierno", con lo que se da por zanjada una posible solución al asunto de que se trate.

Y también comprobamos con bastante frecuencia que en la política local se dan determinados casos polémicos que no es que despierten el entusiasmo de los ciudadanos. Más bien les hacen preguntarse de qué sirve tanto lío que obliga a utilizar a los tribunales con demasiada asiduidad. Ahí tienen en el Ayuntamiento de Marbella las últimas querellas entre representantes del gobierno municipal y la oposición o viceversa y hasta la presentada por el efímero jefe de la policía local. Cómo si no hubiésemos escarmentado ya de esos años en lo que todo se dirimía en los juzgados y de los que todavía ahora vivimos los coletazos con tanto juicio pendiente.

Mientras tanto seguimos elaborando nuestras listas de valoración, pendientes de que quienes tienen que atenderlas terminen de discutir.