Diario Sur

Qué hay de lo mío

La primera vez que conocí el poder, me la pasé mirando al techo. Allí estaban, pequeños y rodeados de una aureola blanca de yeso, los balazos diseminados del teniente coronel Tejero, que son lo primero que mira uno cuando entra en el Congreso de los Diputados. Esa bóveda agujereada es la cueva de Altamira de la democracia. Cuando visita el Parlamento, la gente busca esos agujeros y cuando los encuentra, conecta con el lugar, como cuando ven la primera cebra en África. Después se excusan, como fijarse en aquello fuera algún tipo de frivolidad de novato, y yo creo que no: en este país se deberían mirar más a menudo los tiros de Tejero.

Cuando uno es joven de manera insultante, considera el poder como un simulador de vuelo de esos de consola de videojuegos en los que a la tercera aterrizas un A380 en el aeropuerto de Hondarribia. Cuando uno se hace grande, que es cuando uno empieza a sacar las llaves de casa antes de llegar al portal, mandar se le parece a entrar en una cabina de un avión real y no saber qué puñetas son todos esos botones. La cosa se complica. Hacerse mayor es aceptar públicamente y sin ambages que gobernar es una cosa complicada y difícil. Dijo Nietzsche que la convicción es una enemiga de la verdad más poderosa que la mentira.

Debería existir una cierta brújula para el político. Al menos un 60% de su combustible debiera de venir del deseo por el bien de los ciudadanos y de su país, un treinta por ciento de esfuerzos perseguirían el bien electoral de su partido (puesto que sin el apoyo de los votantes no es posible el poder con el que perseguir bien alguno) y por último, un diez por ciento, a lo sumo, correspondería al deseo humano de no ser despedazado uno mismo por las masas, ya sean propias o ajenas y seguir diciendo algo en el propio partido. Con el PSOE abierto en canal por la cerrazón numantina de Pedro Sánchez en la cumbre desastrada del socialismo y la violencia carnicera de los varones, con Podemos de excursión en sus trincheras de Coronel Tapioca y el PP a punto de pasarse de frenada una vez más en la curva de la gobernabilidad, se ve que han tomado el camino de la política en la dirección correcta pero en sentido contrario: cuenta nada el país, algo el partido y todo el resto es «Qué hay de lo mío».