Diario Sur

LA ROTONDA

Perder el tren

El único modo de estar seguro de coger un tren es perder el anterior. Me gusta imaginar a Gilbert Keith Chesterton rumiando la cita en los albores del turismo en la Costa del Sol, sentado en la parada del Cercanías del aeropuerto de Málaga -camisa, chanclas, y una maleta de cartón duro- preguntando al revisor a qué hora llega el ferrocarril de Marbella. «Aún no es la hora, señor», por toda respuesta. Claro, que una cosa es perder el último, y otra muy distinta llevar cuarenta años perdiendo trenes. Hasta al bueno de Chesterton, con toda su flema británica y su bigote, estaría ya un poco hasta los mismísimos de esperar. Pues eso es lo que nos pasa a los marbellíes, que se saben los únicos ciudadanos habitantes de una urbe de más de cien mil habitantes sin vías de España.

El problema no es ni mucho menos nuevo, y ya lo escribió Khaled Hosseini (Cometas en el cielo): «Una historia es como un tren en movimiento: no importa dónde lo abordes, tarde o temprano llegarás a tu destino». O sea, que cada cierto tiempo llegan noticias que pican, bien porque se entretienen en marear la perdiz, como hizo durante cuatro años la exministra y actual presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor; bien porque surgen nuevos datos que hablan de la importancia de este medio de transporte para la economía y el desarrollo de los territorios. Y es que, si los trenes de Cercanías de la Costa del Sol son uno de los servicios públicos con mayor aceptación en España y sólo llegan hasta Fuengirola, ya se pueden hacer una idea de lo que ocurría si se pudiera viajar hasta Marbella, con una población estable de casi 140.000 habitantes y varios millones de visitantes cada verano. Y encima, con menos caravanas y un aire más limpio, en un destino que aspira, al menos sobre el papel, a ser sostenible.

El núcleo de Málaga va a cerrar este año con más de diez millones de usuarios, el mejor registro desde el comienzo de la crisis. Incluso es posible que iguale o se quede muy cerca del récord absoluto, que se produjo, precisamente, en el último ejercicio previo a la recesión (10,1). Málaga se afianza entre los cinco primeros núcleos de Cercanías de España, de los 14 que hay. Sólo le superan Madrid, Barcelona y Valencia, mientras que casi empata con Bilbao.

Y todo eso sin llegar nunca a su verdadero destino, que es Marbella, donde por mucho tiempo sólo parará un «enorme tren vacío, donde no va nadie, que no conduce nadie», como cantó Dámaso Alonso. En Marbella, el ferrocarril ni está ni se le espera, y en las vías imaginarias crecen libres las flores que, al contrario de la greguería de Ramón Gómez de la Serna, saben que durante mucho -demasiado- tiempo no estarán en riesgo de suicidio.