Diario Sur

LA TRIBUNA

El mundo que nos han dejado...

Esta frase o esta lamentación se ha expresado con reiteración a través de la historia. Es como una herencia que pasa de generación en generación. Los nietos de los nietos de los nietos, hasta el infinito. No existe etapa alguna de la historia de la humanidad que esté exenta de guerras y cada guerra tiene su propia historia. Antes, las familias vivían las guerras cuando llegaba el telegrama fatídico anunciando la muerte en el campo de batalla de uno de sus allegados; mucho antes, la noticia tardaba meses, incluso años, en llegar. O nunca llegaba. Hoy todos somos como una gran familia. No es preciso que golpeen la puerta. Los medios de comunicación nos entregan en tiempo real el parte de caído por la patria o caído por la humanidad en misión de paz que a su vez son misiones armadas, luego de guerra. Y soy de los que creo en esas misiones que, para interceptar adversarios o enemigos, habríanse que multiplicar por una cifra que mejor es no anunciarla. Sería un revulsivo a añadir a la proliferación de los insomnios o del mal dormir.

Dícese que el asesinato de una sola persona desencadenó la llamada Primera Guerra Mundial que contabilizó millones de personas muertas en combates. Dícese también que la locura de un solo hombre desencadenó la llamada Segunda Guerra Mundial con millones de muertos y con sus víctimas colaterales debido a que ya se bombardeaba desde aviones. Ciudades destruidas en Europa, hoy reconstruidas como si la desolación no hubiera tenido lugar. A los vencidos matados en los frentes, antes, se les cortaba la cabeza como signo evidente de la victoria. Hoy se entierran en los campos de combate o se envían a sus familias en ataúdes de zinc.

Ciclos infernales, sin olvidar que el ciclo infernal domina el Oriente Próximo y que partes de ese ciclo se exportan, en son de «guerra santa», a otras partes del mundo en lo que venimos llamando «guerra desigual» (todas las guerra son desiguales al menos que se diera una guerra entre las renacientes superpotencias en la renacida «guerra fría» que puede convertirse en «caliente») o «guerras asimétricas».

Cabe preguntarse: ¿está más seguro el mundo, hoy más que ayer? No lo creo, porque el evidente desarrollo de la ciencia y de la técnica aplicada pueden ser garantías de mayor calidad de vida en los unos y de menos subdesarrollo económico en los otros, al tiempo que facilita instrumentos de peso para prepararse al enfrentamiento. Hoy prevalece el «si quieres la paz, prepara la guerra» y hoy se sigue confirmando que «la paz no es sólo ausencia de guerras». Tengo la impresión de que el mundo está metido de lleno en un círculo vicioso que se estrecha cada vez más. Hoy en el mundo se dispone de armas nucleares y de destrucción masiva suficientemente potentes como para perpetrar su propia destrucción con algún refugio antiatómico que jugara de nuevo el papel de Arca de Noé tras el diluvio o de escondite para revivir cual Ave Fénix, como ocurrió con la lluvia de meteoritos que, se dice, extinguieron a todo el parque jurásico mundial, pero nada se habla de la especie humana que entonces existía sobre la tierra.

Me inquieta sobremanera el recorrido reciente de Rusia que, si no me equivoco, está reconstituyendo imperio con expansión incluida. Ukrania- Crimea en son de guerra abierta en plena Europa comunitaria. Siria, en donde el ejército y la política rusa, en firme alianza con Irán, ya están ninguneando hasta al propio El-Asad con la abstinencia de los Estados Unidos, y bombardeando zonas civiles y hospitales; al igual que abstinencia hubo y hay con el cada vez más evidente autogolpe de Erdogan en Turquía con mirada fija en la competitividad hegemónica en el mundo islámico (y no le faltan competidores y probables nuevas guerras futuras). Me inquieta el arsenal nuclear en países cuyas alianzas pueden cambiar con un simple golpe militar de radicales fanáticos. Y me inquieta sobremanera la silenciosa -dicen durmiente- expansión del terrorismo yihadista. También me inquieta que los mecanismos democráticos sirvan para ir creando poco a poco nuevos monstruos.

El Oriente Medio está todo él en estado de alerta máxima. Siria e Iraq prácticamente destruidos. De ahí, surgió naturalmente un monstruo con cabeza de hidra que se expande y que, tarde o temprano, medirá sus fuerzas con los otros monstruos que comienzan a levantar cabeza de las cenizas del III Reich.

Cierto es que en el mundo existen políticos, militares con gran clarividencia, ciudadanía que quiere vivir en paz. Y, si es posible, un poco mejor. Pero parece que el espiral vuelve a girar en torno a las grandes potencias que no los tienen en cuenta porque el progresivo retorno a una «guerra fría» se da en condiciones muy diferentes a las que prevalecían antes de la caída del muro de Berlín. Hoy la mayoría de países están armados hasta los dientes. Y el mercado de armas parece ser más eficaz que el mercado de alimentos. Y mucho me temo que la luz verde al terror dependa, no del asesinato de una persona, sino de una simple cerilla. Mientras tanto, hay que vivir la vida. De nada sirve convertirse en estatua de sal junto al mar Muerto. Y estar vigilantes para que no se evaporen los pocos valores universales que aún nos quedan.