Diario Sur

relaciones humanas

TRETAS DE LA COBARDÍA

Pocas actitudes hay tan reprobadas socialmente y sin embargo tan extendidas en los comportamientos individuales como la cobardía. Si ser cobarde significa rehuir los peligros, atender los consejos del miedo, no enfrentarse a situaciones desconocidas que pudieran implicar algún riesgo o tomar decisiones alentadas por el instinto de conservación, todos somos cobardes o lo hemos sido en algún momento. Estamos programados para eso. Pese a ello la cobardía tiene mala prensa, quizá porque rebaja nuestra autoestima de especie gustosa de representarse a sí misma con trazos épicos. Aunque la cobardía se alinea en el lado de la moderación y de la prudencia, se diría que la vemos como el revés deshonroso de esas virtudes. Y, en correspondencia, valoramos sin reservas los actos de valentía aunque incurran en una desaconsejable temeridad o sean fruto de la insensatez.

Nos recuerda Spinoza que valiente es aquel que afronta un peligro que la mayoría teme soportar, y es cierto. Se es valiente en comparación con la conducta generalizada, más que por el valor propio de la acción llevada a cabo. Y lo mismo podría decirse de la cobardía, en la que a nadie le preocupa incurrir cuando se reduce a un sentimiento íntimo de precaución ante la asechanza de un temor cualquiera, y sin embargo avergüenza si es percibida como un gesto público que provoca el reproche de otros. Dicho de otro modo, rara vez nos inquieta saber que nos hemos echado atrás por miedo, pero nos sentimos humillados cuando alguien llega a saberlo y lo interpreta como signo de pusilanimidad. No se equivoca aquí la etimología, que sitúa el origen de «cobarde» en el francés «couard» y este a su vez en «coue» (‘cola’): ‘aquel que sale corriendo con el rabo entre las piernas, como el zorro o el perro. Frente a la consideración heroica del individuo armado de coraje, la degradación animalizadora del que carece de él. También recurre a la zoología el infamante estigma del «gallina», que opera desde el despuntar de las relaciones sociales en las primeras edades y luego sigue persiguiendo al apocado a lo largo de toda la vida. El epíteto «gallina» es a la vez una reproche y un desafío, un insulto doloroso y una provocación que obliga a cambiar de comportamiento si no se quiere perder el respeto del grupo.

No obstante los grupos también urden sus estratagemas colectivas para disimular la cobardía cuando esta llega a ser pauta común de actuación. Como bien ha sabido reflejar Fernando Aramburu en ‘Patria’ (Tusquets, 2016, un «extraordinario fresco de la sociedad vasca, dividida y desgarrada por ETA», en palabras del crítico Rafael Narbona), hubo durante años una sólida conjura de los cobardes que miraban para otro lado justificando su dejación en un sinfín de pretextos que iban desde la invocación de un supuesto conflicto hasta el insidioso «algo habrá hecho», burdos procedimientos para acallar las conciencias. En su ‘Diccionario del diablo’ describe el cínico Bierce al cobarde como «el que, en una situación de emergencia, piensa con los pies». Si despojamos al aforismo de la capa de humor que lo recubre, descubriremos en él una idea original. Para Bierce, el cobarde «piensa», es decir, adopta una postura reflexiva. No solo se deja llevar por la libre emoción del miedo, sino que también medita su respuesta y llega a la conclusión de que lo más acertado ante el apuro es poner pies en polvorosa. Esta condición intelectual y no meramente emocional de la cobardía es la que permite no exonerar al cobarde de la dirección que decide tomar. Él es el responsable principal de su inacción o de su fuga, pues de la misma manera que ha ‘pensado’ con los pies podría haberlo hecho con la cabeza o con el corazón, sin alegar el atenuante del temor.

Pero oigamos al siempre razonable Montaigne, que nos recomienda familiarizarnos con la cobardía; ya que es poderosa y a menudo insuperable, «sepamos aguantarla a pie firme, combatirla y, para empezar a desposeerla de su principal ventaja contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario; quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos a ella» (’Ensayos’, I). Ni que decir tiene que la propuesta de Montaigne encierra una evidente paradoja: asumir la cobardía sería sujetarla y por tanto no dejarse llevar por ella; ser valientes, en suma. Y es que entre la cobardía cotidiana, doméstica, conservadora, que nos mantiene alerta ante los riesgos físicos y los engaños de la imprudencia, está esa otra cobardía moral que se presenta como paciencia, serenidad, tolerancia o incluso perdón del enemigo, según advierte Nietzsche. Salvar el pellejo pero sin parecer cobarde: he aquí un ideal no siempre posible. Y menos cuando se cae en la mayor de las cobardías: la de no enfrentarse a uno mismo, la de llenar la propia vida de ardides para negarnos a admitir lo que somos y hacemos en realidad.