Diario Sur

SIN IR MÁS LEJOS

Quince años después

Cuentan que cuando le propusieron al entonces presidente vasco gastarse dinero en el museo Guggeheim, Ardanza preguntó por el precio. «Unos diez mil millones de pesetas», le contestaron. ¿Y eso cuántos kilómetros de autovía nueva son? Se trataba de cambiar por otra cosa una ciudad industrial y decadente. A alguien realista y casi del mismo Bilbao dicen que la ronda le cuadró. Como ahora el euro, entonces los miles de millones en autovías o los reales de pellón que hicieron posible la Expo de Sevilla eran la moneda de cambio de muchos políticos, aunque manirrotos y visionarios hacían cada uno sus cuentas. La cultura del pelotazo no siempre iba a ser leña para la hoguera de las vanidades, y en este caso sorprendentemente el pelotazo sería colectivo e iba a llegar de la mano de la cultura. Al precio de diez kilómetros de autovía, desde finales de los 90, la capital vasca ya no sería la misma ciudad. «Un Guggenheim pasa una vez cada mil años», llegó a decir su alcalde más respetado ante el éxito implacable. Gehry fue invitado a Málaga cuando ya lo perseguía esa fama de Midas que convertía en oro la ciudad tocada por su rotring de titanio. Al canadiense lo trajeron aquí entre la picardía y la ingenuidad, una aleación nefasta al contacto con el campo minado que era entonces el puerto. Todo proyecto empieza por un pequeño paso y en tonces la sociedad civil malagueña cojeaba y gastaba chancla pequeña, pero también escribía cartas a los reyes magos y a iconos como Gehry. Fue Aesdima, una asociación que reunía tanto entusiasmo y proyectos en la cabeza de sus dirigentes -entre los que estaba De la Torre antes de ser alcalde- como poco dinero, la que invitó al arquitecto a venir a la ciudad, una visita discreta que acabó en portazo. En el puerto sólo había planes de ida y vuelta, una concesión para los muelles que luego pincharía, y aquel silo en pie como las hachas de guerra por si alguien tocaba la verja. Se paseó a Gehry por tierra y mar para ver qué se le ocurría para el nuevo un faro de Alejandría de Málaga o lo que fuera, pero se dio cuenta muy pronto de que estaba en una encerrona entre aldeanos mal avenidos mirando cada uno por su finca y no como en Bilbao. Creía que venía a perfilar un encargo, pero ni puerto ni Ayuntamiento llevaban suelto. El puerto no estaba por revocar expedientes grises para contratar artefactos presuntamente imantados para el turismo. El genio de la arquitectura se sintió mendigo y salió por pies. El tren Gehry pasó hace 15 años, y la ciudad no está por esperar mil años. Lo de ahora no es un museo, tampoco un icono con pedigrí anglosajón, pero sí un hotel formidable en el que un arquitecto como Seguí pondrá el empeño de la obra de su vida. No quiere alterar especialmente la ciudad ya transformada. Sólo ponerle un nuevo faro donde antes había agua. No costará dinero público sino que lo traerá. Ese boceto nos gusta a la mayoría, arquitecturas aparte.