Diario Sur

LA LUPA

OPORTUNIDAD O AMENAZA

UNOS días atrás se presentó en Marbella el proyecto millonario para la construcción de un hotel de lujo en la zona de las dunas de Real Zaragoza y desde entonces existe una cierta inquietud en la ciudad. Toda la Costa del Sol, pero Marbella en particular, atesoran una historia más que traumática que pareció demostrar que el turismo y la promoción inmobiliaria son actividades incompatibles con la preservación del medio ambiente. De hecho, basta con mirar el aspecto de la Costa del Sol, de punta a punta, imaginar el que presentaría medio siglo atrás y concluir que la gran mayoría de los promotores se comportaron como depredadores que confiaban en mudarse a otras geografías cuando acabaran de dilapidar el paisaje vernáculo.

Muchas veces se habla de Marbella como una excepción en ese maltrato al paisaje pero una mirada ausente de autocomplacencia y con un mínimo se sentido crítico no lleva a otra cosa que a deducir que la obra de Melvin Villarroel y de quienes siguieron su escuela -que permitió conjugar industria turística y respeto al paisaje con aquella referencia de 'nada más alto que los árboles' y la recuperación de la arquitectura andaluza clásica- cosechó más elogios que discípulos. Algunos de los edificios que albergan hoteles de referencia en la ciudad son claros ejemplos de la poca preocupación que existió en el pasado para conjugar turismo y medio ambiente. En la cultura de aquellos años primigenios los hoteles no se integraban en el paisaje, sino que creaban un paisaje nuevo que entonces se asociaba al progreso y la modernidad. No se había comprendido todavía que los humanos teníamos que enfrentarnos y luchar contra nuestros propios impulsos depredadores.

A veces existe la sensación de que todo esto se ha entendido demasiado tarde y que ya queda poco por preservar. En Marbella, además, los negocios inmobiliarios desaprensivos que durante 15 años contaron con una descarada complicidad municipal que utilizó los instrumentos urbanísticos como armas con las que atacar a los intereses de los vecinos crearon una desconfianza adicional contra todo proyecto que aterrizara prometiendo prosperidad a cambio de que se relajaran controles y se saltaran normas.

Por ello es lógico que cuando se presenta un proyecto que anuncia la construcción de un hotel de grandes dimensiones junto a la mayor riqueza medioambiental que le queda a la ciudad, las dunas de las playas al Este del término municipal, hayan aparecido reacciones que apuntan más a la indignación, o como mucho a la resignación, que al entusiasmo. El hecho de que el anuncio haya ido acompañado de términos que siguen generando desconfianza -el que más ampollas levanta, es 'convenio urbanístico'- no ha hecho más que acrecentar los resquemores.

El mismo día de la presentación, dos semanas atrás, se empezaron a leer reacciones en las redes sociales, seguramente bien intencionadas, del tipo 'esperemos que esta barbaridad no se haga' incluso antes de que quienes las escribían hubiesen tenido tiempo material de leer toda la información completa.

En esta semana se ha puesto en marcha una petición en la plataforma 'change.org' en la que se convoca a reunir firmar para parar el proyecto. Aseguran en el texto de la petición que se pretende construir en la primera línea de costa perjudicando a quienes quieran disfrutar de la playa sin ser clientes del hotel.

La historia reciente de esta ciudad ofrece ejemplos más que sobrados que aconsejan proceder con esa desconfianza, pero resulta tan inconveniente como falto de rigor oponerse a todo lo que venga sólo porque el primer enunciado suena a lo de siempre. Y eso sin dejar de tener en cuenta que la discusión debe ser prioritariamente medioambiental, no económica, porque resignar medio ambiente por puestos de trabajo es pan para hoy y hambre para mañana.

Desde los años en los que la industria turística consistía en levantar torres al pie del mar e inmolar la naturaleza en los altares de la modernidad, los reclamos y las exigencias de los visitantes han cambiado radicalmente. Los paisajes naturales han pasado a ser tan raros en esta geografía que lamentablemente se han convertido en lujo y atracción. Por eso es posible que en alguna medida el turismo, o al menos cierto turismo, haya dejado de ser una amenaza a la naturaleza para convertirse en su aliado . Quizás estemos ante una oportunidad que no sería prudente desaprovechar. Sobre todo si se tiene en cuenta que el proyecto anterior en esa zona, que no llegó a ejecutarse, preveía viviendas pegadas a las dunas.

De cómo han cambiado los parámetros, los sociales e institucionales pero también los privados, constituye una buena muestra el propio proyecto de las dunas de Real de Zaragoza, que incorpora 100 metros más de playa para dar protección al paraje natural, construye a partir de esa línea y suma, seguramente como manera de legitimarse, al colectivo pro-dunas que tanto trabajó para conseguir la protección de la zona para que les asesore en cuanto a la mejor manera de mantener el medio.

Para los empresarios es seguramente también, una manera de demostrar que las dunas no suponen un obstáculo sino un reclamo esencial de su proyecto. Para los vecinos, teniendo en cuenta la trayectoria de este colectivo, supone una cierta garantía de que el patrimonio común no sucumbirá a los intereses privados.

El urbanismo y sus instrumentos no tienen, por la historia reciente, una reputación respetable en esta ciudad. Pero aún así, que el proyecto haya requerido para su puesta en marcha la aprobación de unas normas urbanísticas (que antes, con el proyecto de las viviendas, no existían) que amplían en esos 100 metros la distancia entre la zona ya protegida y la construcción es una garantía a la que se suma que su materialización, al igual que el acceso público a la playa, deberá ejecutarse antes de que se ponga un solo ladrillo del hotel.

No se trata, en suma, de dimitir de la prudencia y hasta de la desconfianza a las que invitan la historia. Se trata de no dejarse llevar por las primeras impresiones, de ejercer la tarea de control y de exigir que lo firmado se respete a rajatabla. Un patrimonio natural de este valor debe defenderse con pasión y con firmeza, pero también con inteligencia y sangre fría.