Diario Sur

LA TRIBUNA

Ser o no ser... madre

Tener o no tener hijos es una de los cuestiones más complicadas a las que se enfrentan cada día mujeres y hombres en países como el nuestro. Muchas otras decisiones de gran calado tienen marcha atrás, esta no, especialmente para las mujeres, que no gozan de la permisividad socio-cultural con la que pueden contar los hombres para distanciarse de este hecho vital lo que consideren necesario, según sus circunstancias, y apelando a la corresponsabilidad que debería existir entre ambos progenitores.

Silvia, madre de tres hijos, nos dejó a todos boquiabiertos con sus declaraciones cuando, mientras preparaba bocadillos en un cumpleaños con la cocina llena de madres, padres y niños de cinco años correteando por allí, reconoció delante de todos que si pudiera volver atrás, no tendría hijos. Los ama pero no es capaz de ser feliz en su rol de madre. Sus palabras y su mirada perdida me transportaron a las impactantes imágenes de 'Persona' de Ingmar Bergman, mientras no podía dejar de observar la expresión de dolor del padre de sus hijos al escuchar aquellas palabras. Probablemente no era la primera vez que las escuchaba. Debe ser muy duro para él saber que la madre de sus retoños preferiría no serlo, aunque la paternidad no haya tenido en él el mismo impacto que la maternidad está teniendo para Silvia, que recibe actualmente tratamiento psiquiátrico por un burnout laboral, combinado con cada vez menos horas de sueño para poder cumplir con todo, y una profunda depresión que arrastra desde su primer parto.

Es lícito preferir dedicar el tiempo y otros recursos a proyectos que no sean el de traer niños al mundo y criarlos, pero la sociedad presiona para que muchos sigan este camino independientemente de que sea o no el que les hubiera gustado seguir. En estos casos el resultado suele ser un arrepentimiento de por vida, que hasta el momento se sufría en silencio y a solas.

En Alemania, el primer país donde se publicó el libro de la socióloga Orna Donaht que desató la polémica, un alarmante 20% de las madres se arrepienten de haber tenido hijos. El tabú ha caído esta vez con la publicación de 'madres arrepentidas', y gracias al debate que ha generado, se ha dado paso a un proceso necesario de comprensión y respeto hacia aquellas que se salen de la norma en este aspecto.

En la otra cara de la moneda tenemos el caso de Filipa Castro, feliz madre de dos hijos, que fue galardonada este año con el premio Positano (algo así como los Óscars del ballet), como la mejor bailarina del momento a nivel internacional. En su caso la presión social era ejercida en el sentido contrario: «Si tienes hijos se acabará tu carrera profesional» le decían. «Si bailas no puedes tener hijos» es el pensamiento reinante entre muchas de sus colegas. En su caso, esta madre que siguió los pasos de Aurélie Dupont, se hubiera arrepentido de hacer lo que la sociedad espera de una primera bailarina. Filipa Castro y su marido, Carlos Pinillos, también galardonado este año con el premio homólogo al mejor bailarín masculino, dieron recientemente una Master Class en el Conservatorio de Málaga, demostrando ambos como el hecho de tener hijos no les ha impedido en absoluto desarrollarse profesionalmente; no significa que no sea sacrificado, pero ven claramente los efectos positivos que ha tenido en su caso, al igual que los ve William Forsythe, algo así como el Spielberg del baile, que siempre prefiere contar con madres en su plantilla, ya que asegura que tienen una mejor capacidad de concentración, saben como optimizar el tiempo y sacar el máximo provecho de sus capacidades, y según él, se entregan más en el escenario que aquellas que no tienen descendencia. Dependiendo de la compañía en la que estén, algunas bailarinas pueden sufrir discriminación por ser madres, y en otras, por no serlo. Los hombres viven ajenos a esta presión, en su caso, la paternidad no afecta a lo que se espera de ellos.

Sin duda somos seres socio-culturales y existe una razón de peso para seguir los patrones establecidos por la sociedad. Nuestro cerebro, que tan solo representa el 2% de nuestra masa corporal, puede llegar a consumir el 60% de nuestra energía. No tener que estar pensando constantemente cómo comportarnos en cada situación, o qué decisiones tomar en cada momento, y simplemente seguir los modelos que imperan en nuestra cultura, permite que nuestro cerebro pueda ahorrarse un excesivo gasto de energía. En general es bastante práctico. Pero cuando se trata de decisiones que van a determinar nuestro bienestar para el resto de nuestros días, no existen fórmulas infalibles y universales; ese inquietante compromiso entre el individuo y la sociedad al que llamamos persona puede tomar infinitas formas; cada persona es diferente, y considero que medio siglo después de la película de Bergman, ya va siendo hora de que la sociedad respete la libertad de cada uno para decidir cuál es su mejor camino, aunque este se salga de las sendas esperadas y establecidas por la mayoría.