Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Refugiados en ninguna parte

Las pantallas de televisión reflejan que la vida es un transatlántico que se hunde lentamente. Me resisto a ser catastrofista, pero no es suficiente una tarde de otoño espléndida para convencerme de que vamos por mal camino. La pantalla me provoca miedos y exabruptos que normalmente no lanzo ni siquiera cuando vuelvo a visionar 'Drácula vuelve de la tumba', o cuando me cruzo por la calle con mi peor enemigo. Haciendo Historia es increíble pensar que todo aquel paisaje idílico, aquella Arcadia puesta en pie después de la segunda guerra mundial, en unos años se está yendo a pique y arde como aquel palacete donde habitaba Rebeca, el neogótico Manderley. Siempre se está volviendo a Manderley, por eso arde Alepo y Siria se auto aniquila con ferviente ayuda internacional. Percibo la quintaesencia del mal en los bombardeos sobre Alepo, casas derruidas, niños masacrados. Me pregunto por qué esa simulación de pactos entre Rusia y Estados Unidos para alcanzar un alto el fuego, todo puro teatro, y luego, de propina, esta matanza. Me viene a la cabeza un verso de Borges: «qué Dios detrás de Dios la trama empieza», y mis elucubraciones van a peor cuando presencio la masacre de miles de refugiados en las vergonzantes fronteras de Europa del Este. Hartos de matarse entre ellos, búlgaros, rumanos o húngaros, aliados del nazismo y luego ocupados por Stalin, levantan ahora muros con alambres, para que no circulen los que son perseguidos a sangre y fuego, ¿y si se hubiera hecho lo mismo con ellos cuando salieron de sus países con destino universal?

Saim Nair ha sido contundente: los refugiados no son inmigrantes, son bolsas de población acosada y obligada a buscar refugio en otras zonas, supuestamente más seguras, de la tierra. Los refugiados tienen el derecho, recogido en diversas cartas y constituciones, a ser recibidos, siendo un deber ineludible de los estados democráticos favorecer su circulación. Pero lo que sigo viendo en la pantalla es otra cosa, papel mojado las leyes internacionales. Ahora veo a cientos de refugiados vagar por los confines de Europa y me estremezco. Me pregunto cómo sobrevivirán al llegar el crudo invierno balcánico. Escribo en los confines y me olvido de que el viaje en patera ha sido un antecedente que partió del Sub-Sáhara y llegó, y sigue llegando, a nuestras costas, con seres humanos agonizando, sean inmigrantes o refugiados. Se trata de la guinda podrida que escondía la nevera repleta del estado de bienestar. Un estado que ahora se cuartea. Entonces llegan las noticias nacionales y me topo con Pedro Sánchez, líder de un PSOE fragmentado, cual Julio César en los Idus de Marzo, con barones y baronesas levantiscas, y un barullo que se oye tanto que apenas se entiende, y de postre, observo a Rita Barberá, desorientada en el Senado, nadie quiere acercársele, miran para otro lado, y la comparo, no a Calpurnia -la mujer de César no debe ser honrada sino también parecerlo-, sino a Moby Dick, no por su físico sino por su actitud, que hundió el bote del capitán Ahab. En esta situación convendrán conmigo que se busca refugio en ninguna parte.