Diario Sur

LA TRIBUNA

Llamanovios

La vida en pareja es un deseo que tienen muchas personas. Desde el aserto mítico «no es bueno que el hombre esté solo», y la mujer, solo faltaba, hasta los anuncios que leemos en las páginas para encontrar alguien con quien entablar una relación con vocación de permanencia media un largo recorrido pero, a la postre, un considerable número de personas aspiramos a ponerle un buen final a nuestra inclinación a sentir el gustirrinín del amor romántico. La vida en solitario, que también tiene sus deleites, es otra opción; pero a esa intentaré ponerle título en otro momento.

Hay muchos modos de elección de vida compartida y de proyectos de convivencia amorosa; ahora que, tirando una, no sé si debido a la edad, a la educación recibida o por la costumbre, a ser un pelín clásica, si bien aceptando el signo de los tiempos que apunta a todo tipo de ortodoxias y de heterodoxias, que para eso está la libertad individual; siendo como digo, perdón, escribo, una chica de corte tradicional en lo que al cortejo se refiere, me gusta recordar cómo, allá por mi mocedad, ya superado el lenguaje del abanico de nuestras bisabuelas, que tampoco hay que pasarse de retro, cuando comenzábamos en mi generación la incursión en la vida sentimental con el deseo de que fuera el nuestro, como el que retrató Juan Manuel Serrat en su exitoso «La mujer que yo quiero», un amor de los de antes de la guerra, nos hacía gracia a la hora de preparar nuestras nupcias la existencia de unas flores que adornaban los bancos de las bodas y hasta el ramo de l@s (con perdón del Diccionario) contrayentes cuyo nombre técnico es nada menos que 'Gypsophila elegans', que traducido al román paladino es llamanovios y, por supuesto, llamanovias.

Dar en la diana de una buena pareja no es tarea fácil. Más allá de los afortunados que se encuentran el trabajo hecho gracias a los buenos oficios de Cupido, lo de ir con el arco en ristre y las flechas colocadas en el carcaj no es moco de pavo. Buscar la media naranja se parece a entrar en un jardín lleno de rosas espinadas, o al menos eso es lo que cuentan quienes se ven haciendo horas extras en la empresa del amor. Siguiendo con el dichoso ciego que apunta y a veces atina, o sea, el angelote Cupido, hay quienes creen que no deja de ser una leyenda urbana o un sueño de poetas y pintores a juzgar por lo poco que se prodiga cuando se le necesita. El caso es que el rollizo habitante del Olimpo no aparece a demanda y se hace necesario frecuentar espacios reales y virtuales para encontrar la persona con la que compartir algo más que un rato de copas, risas y algún que otro escarceo amoroso.

Me contaba en una distendida sobremesa una recién divorciada que, a partir de los cuarenta, la mujer no busca novios, ni mucho menos espera a que el azar clave una flecha que acierte a traspasar dos corazones al mismo tiempo. No, ya de talluditas, las mujeres que desean pareja con cierta rapidez, recurren a robar maridos, relataba casi con regodeo la recién incorporada al negocio de buscar novio. Ante mi ingenua perplejidad me aclaró que el tal deporte de levantar consortes quedaba circunscrito a aquellas parejas que se encuentran en situación cercana a la bancarrota sentimental. Como a cada cual le corresponde su gusto y si hay algo personal es la inclinación de cada uno a la hora de marcar sus tendencias amorosas, le manifesté mi modesta opinión: a mi parecer, el robo, hurto o apropiación indebida de consortes ajenos se parece a echarle mano a un melón de melonar ajeno. Ni el hambre ni las ganas de comer lo justifican, le dije. Mi opinión solo es una de tantas en el océano de las opiniones amorosas.

Pero, opiniones aparte sobre el modo en que cada quien busca o encuentra sin buscarlo, su media naranja, cuestión no solo voluntaria sino azarosa y a veces hasta embarazosa, no me negará más de una de mis compañeras de género que, a falta de un cupido que colme los deseos de una vida sentimental a la medida de nuestras aspiraciones, no está nada mal que incluso la ciencia botánica se alíe con nosotros ofreciéndonos una especie floral que en algún modo evoca los enredos de un entremés pícaro de don Miguel de Cervantes en el que chicos y chicas que desean cortejarse mutuamente cuentan con esa delicada flor que suena a ramo nupcial y que, en su sencillez de flor casi insignificante, se da a conocer por el delicado y sugerente nombre de llamanovios.