Diario Sur

MIRANDO AL MAR

Emprender en tiempo difíciles

ES verdad que cada tiempo tiene sus características y que, de generación en generación, se van solapando los sistemas de funcionamiento en el mundo del trabajo. En pocos años, y cada vez de forma más rápida, comprobamos como las situaciones van cambiando, una veces para mejor y otras, desgraciadamente, para todo lo contrario.

Siempre que bajan las cifras de contrataciones laborales, o para decirlo de otra forma, que suben alarmantemente los datos del paro, algunas voces que se consideran autoridad en la materia hablan de la necesidad de fomentar el emprendimiento. En parte es una manera de intentar que cada uno tome las riendas de su futuro y, después, que cada cual se las apañe. Por otra parte, no deja de ser una contradicción cuando escasean las ayudas a los que tienen condiciones para levantar proyectos y encontrar una línea de trabajo y se ven solos en medio de la pradera. Paradójicamente, para algunos la palabra emprender tiene un significado matizado, porque les supone emprender camino hacia otras tierras en las que se les valoran más sus conocimientos.

En esta columna hemos comentado en los últimos años algunos casos de emprendedores de otros tiempos que lucharon contra viento y marea sin disponer de los medios que hoy tanto facilitan las gestiones. Entre ellos aquellos hoteleros pioneros que nunca salían en los pocos periódicos de entonces, pero que tampoco buscaban la foto. Hay una relación de 'héroes' anónimos que seguramente nunca se completará.

En este artículo quiero destacar dos casos cercanos que merecen el recuerdo después de haberse marchado para siempre: uno de ellos lo hizo hace pocos días. Seguramente dirán muy poco su nombre y apellidos, José María Fernández Sánchez, que no era otro que Pepe, el del tablao flamenco Fiesta. Una bulería sonará triste en su honor en algún lugar, porque en esta sociedad de ritmos tremendos se fue sin hacer ruido, después de haber protagonizado parte de la historia flamenca de Marbella gestionando aquel tablao en el que brillaba la figura de su mujer, la bailaora Manolita Cano, con la que estuvo casado cincuenta y dos años. Había que echarle mucho valor hace varias décadas para montar un espectáculo flamenco cuando tenía como competencia a los locales de Lola Flores, Jarrito o Ana María. Pero llevaron a sus instalaciones a primeras figuras del espectáculo que después salían en las revistas y que daban publicidad al lugar. Hoy los hijos de Pepe y Manolita mantienen el recuerdo en el bar Fiesta.

Otro caso destacable es el de Carmen de Hoyos de Guereño, otro nombre que no le suena a casi nadie, pero que era el que le correspondía a Carmen, la de 'Tejidos Nuria', una empresa que fue toda una institución desde que esta mujer -lamentablemente fallecida hace unos meses-, retomara el negocio de su madre y fuese ampliándolo cada vez más en tiempos difíciles. Primero se instaló en calle Nueva, a finales de la década de los cincuenta y, más tarde, ocupando un inmueble más amplio en calle Pedraza, antes Comandante la Herranz. Hasta que comenzado el siglo veintiuno desapareció el negocio coincidiendo con los cambios en los hábitos comerciales que afectaron sensiblemente al casco antiguo de Marbella.

Carmen llegó a gestionar, junto a su marido Francisco Sánchez Pérez, una enorme tienda entonces que se veía como unos pequeños almacenes del pueblo. Curiosamente, el nombre de Nuria solamente correspondía a un gusto particular por este nombre de la abuela, Josefa López de Guereño, consiguiendo, sin quererlo, que al final a Carmen la llamaran Nuria y que, actualmente, a los hijos le recuerden a su madre Nuria. Hace varias décadas este establecimiento llegó a comprarle las batas de guatiné al mismísimo Amancio Prada, que entonces no tenía ni idea de que iba a ser el hombre más rico del mundo, como recuerdan sus descendientes, Salvador, Eduardo, Reyes, Mabel, Maite y Eva.

Hay que ponerse en la piel de aquellas mujeres emprendedoras el esfuerzo que tuvieron que hacer en unos tiempos en los que, hasta para abrir una cuenta bancaria necesitaban el permiso del marido. Tengo una experiencia personal ligada a Carmen, porque mi madre, Dolores Bonilla, abrió Modas Dolores ayudada por Tejidos Nuria. Ambas facilitaron mucho las cosas a aquellas familias que no tenían dinero y pagaban a plazos apuntando sus deudas en una enorme libreta de ditero. Eran otros tiempos, pero hay que reconocer que aquel esfuerzo es la estabilidad de otros años después.