Diario Sur

LA ROTONDA

Relevo en el barrio

Apareció de repente un día, como cuando se teme que algo pasará tarde o temprano. Un cartelito de «Se traspasa» en la puerta por única señal de que algo había cambiado. Era ley de vida y Manolo ya merecía jubilarse, después de varias décadas detrás del mostrador. «El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza», que dejó escrito Cervantes con sabia pluma.

Una mezcla de sentimientos sobrevolaba la calle, por lo demás sucia, como casi siempre ocurre en un barrio de Málaga: la solidaridad hacia quien se despide con honores de su puesto de trabajo; junto a un punto de temor por lo que llegaría después. Sé por mi experiencia como exvecino del Centro Histórico que un local que cambia de manos es a menudo un foco de problemas. Además, esto de los negocios va por modas y después del oro (parece) empeñado y las fruterías (plátano es), ahora les ha dado por las reprografías. Llamativo que en el mundo digital la gente necesite hacer tantas fotocopias, imprimir tanto papel. Da para una tesis de mis primos de la Facultad de Periodismo, de los mismos que me hablaban de Gutenberg hace 20 años, cuando trataba de hacer mis primeros pinitos con un Mac desvencijado y una cámara Minolta, por supuesto de carrete.

Aquella noche llegó. Con la persiana entreabierta se veía trasiego de cajas y estanterías. «La hora de cerrar», pensé, con un suspiro. Pero al día siguiente volvió a abrir. No llegó la tinta (de la fotocopiadora) al río. Unos chicos jóvenes y con ganas se han puesto al frente del negocio, y bajo el patrocinio de Manolo, que se ha convertido en el mentor de sus herederos comerciales, están sacando la tienda adelante. Le han hecho algunos cambios, para darle su impronta personal, y ahora, además de artículos de droguería, pinturas, prensa y lo que la gente vaya pidiendo (que es como debe ser, en un comercio de los de antes), también hay una nevera con bebidas frías y tabaco. Ahora nos toca a los vecinos estar a la altura y, aunque a veces el súper pueda resultar unos céntimos más barato, hay tantos intangibles que compensan (un «buenos días» al pasar, una calle más segura, una mano amiga en caso de necesitar ayuda, un barrio vivo y por tanto revalorizado...) que no habría dinero en el Banco Central Europeo para pagarlo.

Y así, el negocio, el de siempre, el de toda la vida, que ahora brilla con un vitalismo renovado, sigue allí, como testigo de la vida de un barrio viejo, que también se rejuvenece un poco con la ilusión de quien cada día abre la persiana al futuro.