Diario Sur

Guapas

Nadie imagina a Rafa Nadal siendo piropeado por su aspecto físico en la entrega de trofeos de un torneo de tenis. Nadie imagina que, después de un partido de cuatro o cinco horas, alguien haga referencia a otra cosa que no sea su reconocido pundonor, los continuos malabarismos para alcanzar cada pelota, por muy lejos que el rival la haya enviado, por imposible que parezca. Nadie lo imagina porque, como es lógico, nunca ocurre. De Nadal importan sus nueve títulos en Roland Garros, su forma de dejarse el pellejo en la pista, su 'drive' letal y, si me apuran, por nuestra conmovedora tendencia a la mitomanía, algunas cualidades como la humildad, atribuidas a partes iguales por méritos propios y por la necesidad de tener héroes nacionales, dioses en la tierra que pongan de acuerdo a un país tan proclive a la brecha.

Nuestra fábrica de referentes, sin embargo, parece averiada cuando quienes levantan medallas y trofeos son mujeres. Entonces, ay, nos asalta el escepticismo y cierto arrebato primigenio, el eco landiano de las películas de los sesenta. Hasta tres veces tuvo que escuchar Azahara Muñoz que le dijeran guapa en la entrega de premios del Open de España disputado el pasado fin de semana en Marbella, su primer título en dos años. No es que sea un castigo, entiéndanme, pero resulta revelador que el esfuerzo tenga que compartir protagonismo con la belleza cuando se trata de deporte y mujeres, como si no bastara con el éxito profesional. Mejor si son guapas. No se trata de someternos a la dictadura de lo políticamente correcto y decir siempre lo justo en el momento apropiado, de utilizar «todos y todas» e incluso introducir una arroba como idiotas incapaces de distinguir entre los inocentes usos comunes del lenguaje y el machismo voraz que lastra el progreso incluso en los países considerados más avanzados, sino de respetar un terreno conquistado por derecho propio.

Mireia Belmonte criticó públicamente que el pelo de Sergio Ramos reciba más atención que sus récords. Garbiñe Muguruza, tras levantar el trofeo de su primer Grand Slam, leyó más comentarios sobre la longitud de su falda que sobre el formidable revés cruzado que martirizó a Serena Williams. Por cuestión de gustos, todos los deportes están expuestos a generar entusiasmo o aburrimiento tanto en categoría femenina como masculina, pero esta condescendencia ridícula basada en destacar la belleza de nuestras deportistas tiene más de caspa que de piropo.