Diario Sur

ABOGANDO

BONIFICACIONES

BONIFICACIÓN es -cómo no- acción y efecto de bonificar. Bonificar, como es sabido, proviene del latín bonus, bueno y ficar, expresión ésta tan en desuso que mi ordenador la desconoce y que es sinónima de quedar, por fijar. Según el diccionario es conceder a alguien, por algún concepto, un aumento, generalmente proporcional y reducido, en una cantidad que ha de cobrar, o un descuento en la que ha de pagar. Esto último -reducir- es lo que hará nuestro Ayuntamiento con el Impuesto sobre el Incremento del Valor de los terrenos Urbanos cuando se devenga por causa de muerte y afecta a la vivienda habitual. Así por lo menos se ha anunciado por el portavoz del llamado equipo de gobierno.

En alguna oportunidad he criticado, creo que educadamente pero con toda la vehemencia de la que soy capaz, el impuesto de marras cuyas siglas son una sopa de letras: IIVTNU que evoca una divinidad hindú o un organismo dependiente de Naciones Unidas. Aunque una bonificación, reducción en lo que se debe pagar, nunca viene mal y si es de un impuesto, cualquiera que sea su nombre y sus siglas, mejor. La reducción del impuesto no es moco de pavo. No he visto la modificación de la ordenanza pero me parece que será de un 95% para los inmuebles de valor inferior a 125.000 euros ¿hay alguno en Marbella?, del 50% a los de menos de 200.000 euros y de un 20% a aquellos que valgan menos de 300.000 euros. Los más caros, que se fastidien. No sé cómo estará pensado el beneficio, si se computa por el valor del bien o de la cuota que se obtiene como consecuencia del óbito ya que los difuntos tienen la mala costumbre de dejar varios herederos, si la escala es progresiva o no, en fin, ya lo estudiaré.

Pero me da la idea que vamos en la dirección equivocada. No hay que favorecer a la postulación a ser el muerto más rico del cementerio. Me parece que lo bueno es que el dinero circule y que durante la tercera edad se tenga lo justo para vivir -ojalá cómodamente- y nada más. Porque, generalmente, el que tiene la suerte de llegar a esas alturas del partido, se torna en insufriblemente conservador, basado en experiencias que no ha vivido, porque, por lo menos en España, las generaciones que están en primera línea de fuego han sido unas privilegiadas, tomando en cuenta que la guerra terminó hace casi ochenta años, que nuestro país no ha intervenido en ninguna de las mundiales y que se ha vencido la pertinaz sequía. Ese conservadurismo impulsa a los abuelitos a atesorar y no a invertir siempre algo atemorizados ante alguna catástrofe se cernirá en el futuro, sin pensar que el futuro ya llegó y que se está próximo al acabose. La gente joven, en cambio, que debería, por lógica, temer mucho más el porvenir, está dispuesta a correr riesgos y utilizar lo que tiene y lo que no tiene en comprar o consumir lo que puede no ser prudente pero sí mueve la economía.

La legislación ha sido tradicionalmente favorable a la inalterabilidad del patrimonio. Cuando digo esto me refiero a la civil y, por supuesto, no a la fiscal que procura la transmisión de lo privado a lo público hasta, a veces, la total ruina del contribuyente. Pero la normativa ha favorecido desde antiguo a que las fortunas permanezcan. Hubo que suprimir los mayorazgos por ley -la Constitución de Cádiz fue pionera-, los señoríos, las vinculaciones, decretar la amortización y la supresión de las "manos muertas". Pero se sigue equiparando la sucesión por causa de muerte con la donación e, incluso, se hace ésta más gravosa porque se produce un impacto en la renta del donante que no se produce para el muerto. Si pudiese legislar, gravaría pesadamente las sucesiones pero liberalizaría las donaciones para que todo el que estuviese bien asesorado, por Abogado, por ejemplo, se sintiese impulsado a regalar sus bienes en vida y no esperar a morirse para que los suyos se repartan los restos. Los romanos inventaron hace siglos la institución del usufructo que permite, aunque se desprenda de la propiedad, conservar el uso y disfrute del bien asegurándose que el nuevo propietario no te ponga en la calle obtenido el botín. El tratamiento fiscal de esta poco utilizada figura jurídica tampoco es favorable, salvo en Cataluña donde las donaciones entre miembros de la familia sí que están bonificadas y aunque se viva fuera del principado pero siempre que el bien radique allí.

A lo mejor estoy cogiendo el rábano por las hojas pero esta bonificación me ha despertado. ¿Podríamos extenderla a las donaciones?