Diario Sur

UNA CUESTIÓN

RESPETO Y DEVOCIÓN

La televisión, que en el ámbito deportivo no para de escudriñar e inventar posibles alicientes para los espectadores, últimamente se mete en los vestuarios de distintos equipos. Y trata de mostrar el grado de tensión, de ánimo y confianza, momentos antes de que los jugadores salten al terreno de juego. La pasada semana nos sorprendió su visita al vestuario del Sporting, con todos sus jugadores en semicírculo y el capellán del club rezando con todos ellos la oración del Padrenuestro. Con seriedad y con fervor. Esa misma fe que se advierte en una gran mayoría de futbolistas que se santiguan al pisar el césped, que juntan las palmas de sus manos mirando al cielo o que se arrodillan incluso antes de que el árbitro (muchos de los cuales también se santiguan) pite el inicio del partido; cada cual conforme a sus creencias religiosas, pero todos invocando 'ayuda' divina. Claro que, en cuanto el balón echa a rodar, pocos son los que se libran de las patadas, codazos o salivazos y hasta mordiscos. Como ocurre en la vida misma cuando los buenos propósitos se tornan en agresividad y a veces violencia.

Estas destacables incidencias me retrotraen a la segunda mitad del pasado siglo XX, cuando era 'norma' en casi todos los equipos (¿o todos?) asistir a misa las mañanas de partido, siempre en domingo, a la iglesia más cercana al hotel de turno. O el ofrecimiento floral del equipo en pleno a la Virgen patrona de cada lugar, actos que hoy día mantienen muchos clubes. Cuesta trabajo entender, ahora, que hombres como Helenio Herrera, Balmanya o Marcel Domingo comandaran esos grupos disciplinados que, por la tarde, siempre tenían una cita con el cine, películas elegidas por mayoría y, casi siempre, de tiros, de buenos y malos.

Si hoy fuera ayer tendríamos que encomendarnos a la Virgen de la Victoria para que el Málaga levantara cabeza. Hay que creer. Amén.