Diario Sur

VOLTAJE

Desaparecidos

El gran Paco Lobatón, presentador de uno de los programas más siniestros y también de los más exitosos de la televisión española, contó hace años en una entrevista que uno de los mayores problemas de 'Quién sabe dónde' es que un altísimo porcentaje de los desaparecidos no querían que nadie les encontrara. Los investigadores seguían las pistas y les localizaban, pero se topaban con la encrucijada moral de poner fin a la inquietud de sus familiares o respetar el derecho que tiene todo el mundo a quitarse de en medio.

Hay un porcentaje abrumador de desapariciones que suceden de forma voluntaria, pero todos dejan un poso de misterio que se vuelve irresistible para la opinión pública. Así sucede con el caso de Diana Quer que tiene todos los ingredientes para el atractivo: familia con problemas de convivencia, madre con aspecto de desequilibrada, hermana rebelde y un padre cuya presencia tampoco escatima en extrañeza. En Málaga sucedió un hecho que la Interpol describió como la desaparición más desconcertante ocurrida en Europa en los últimos tiempos. El niño pintor, que ahora tendría 47 años, se esfumó de la faz de la tierra en un trayecto de 150 metros que separaba su casa de la parada de autobús del barrio 25 años de paz, ironías del destino. La desaparición de David Guerrero, descrito como un niño prodigio, sucedió el mismo día en el que la Reina Sofía vino a Málaga a inaugurar el teatro Cervantes. Durante todos estos años se han seguido todas las pistas posibles; era una época en la que la policía acudía a médiums y a videntes. La familia, que ya habrá perdido la ilusión pero no la esperanza, acudirá esta semana al juzgado para finiquitar el proceso de darle por muerto, un trámite que puede iniciarse a partir de los diez años de cualquier desaparición y al que se le achaca ser el objetivo último de cualquier desaparición voluntaria. Así lo intentó Francisco Paesa, que publicó su propia esquela, y que ahora vuelve a los fogones de la actualidad gracias a la película 'El hombre de las mil caras'. Hasta de Jesús Gil se dijo en los mentideros que deambulaba campante por las playas del Caribe, delgado y con la cara de otro.

Otra enorme ironía: frente a la agonía de una madre en la búsqueda desesperada de su hijo, otras madres se lamentan de haberlos tenido. Así lo explica el ensayo 'Madres arrepentidas' cuya autora, Orna Donath, ha seguido el rastro de mujeres a las que la maternidad ha amargado su existencia y llegan a culpar a sus hijos de haberles robado la vida. «Si mi hijo muriera sería un alivio», es una de las frases que pronuncia una de estas madres arrepentidas en un libro que pretende romper con el mito del espíritu maternal. Así están las cosas. Unas madres entierran su vida en el desconsuelo de no poder reencontrarse con su hijo. Otras encuentran el sufrimiento en la agonía de ser madres.