Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

La sonrisa de Pablo

La sonrisa de Pablo Ráez bien vale un Obradoiro, un Árbol de Guernika; su risa vencedora bien vale el Estado autonómico -en pleno- y la madre que parió a esta «Celtiberia de trapillos envenenados» que diría el gran Emilio Arnao. Su bandera, su lucha, su vida, vuelve a rectificarnos en la nación de ser humano. Sólo sé que soy un hombre, pensará Ráez, y el hombre es uno y es múltiple. Porque Ráez tiene y tendrá brillo de héroe, alma de deportista, y es el ejemplo de por dónde va la buena gente de esta tierra nuestra. Se le vio caminar entre familiares y 'foteros', sonreía septiembre; sonreía vencedor al cielo de septiembre. Allí estaba Ráez, triunfador de la más grande batalla que vieran los cielos; allí mismo, puerta de Carlos Haya, donde conversan del Málaga un lotero, otro con el brazo en cabestrillo y una señora que no cree mucho en la sanidad pública: pobriña.

A Pablo Ráez se la traen al pairo los gritos en el desierto y las prédicas de los imbéciles. Se ha hecho maduro a base de dolores, pero ya tendrá tiempo de desquitarse con los colegas. Pablo es más emprendedor que toda esa caterva de niñatos que quieren cambiar el mundo o forrarse, o forrarse cambiando el mundo, desde un garaje: sí, esos que llaman emprendedores, referentes y chorradas por el estilo. Tiene Pablo Ráez más dignidad que la masa aborregada, buenista, la que apadrina un chucho o se pone un lazo por primavera. No, porque Pablo Ráez ha tenido el verbo certero para gritar que el dolor es una injusticia que nos atañe a todos, que más que solidaridad este mundo pide empatía; que más vale un kilo de empáticos y justos que un kilo de rollizos buenos y biempensantes; allá ellos con su pilila de incienso y sus conciencias. Cuando Pablo Ráez mandaba un tuit, cuando lanzaba una foto con gesto de rabia, Pablo no pensaba aleccionar a nadie: Pablo, simplemente, luchó por vivir. Y vivió, y vive, y le ganó la vez a esa vieja perra que es la Parca.

Hoy, lector, pienso en su sonrisa; en la que vimos en este periódico la pasada semana y que vale mucho más que esas dos taifas administrativas del Norte gris de España.

Allí no saben cómo esconder un pasado de guadañas y patrias; allá arriba pedían la pureza de sangre, la sangre única, mientras que Pablo pedía simplemente sangre y vida. Ahora empiezan los cálculos, las prisas, la miasma, la mala gente que camina en un parlamento o en un estadio. El lobo es un lobo para el lobo y para el hombre. Y sin embargo, bien nos recordaba Camus que aún quedan playas, aún quedan islas: «y ¡Oh, luz!, ese es el grito de todos los personajes enfrentados, en el drama antiguo, a su destino. Ese último recurso era también el nuestro y ahora yo lo sabía. En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible».

Aún es verano cuando Pablo amanece.