Diario Sur

LA TRIBUNA

...Más allá de las luces y los humos, el sol...

El 8 de marzo de 1890 Richard Owen visitó la ciudad de Málaga entrando desde el mar. Este viajero británico no pudo sino quedar sorprendido al encontrar una ciudad llena del humo de la cantidad de chimeneas. Pensó entonces no estar cerca de África sino más bien encontrarse en Manchester...

Todavía hoy podemos contemplarlas en el oeste de la ciudad como vestigio de una pujante Málaga industrial. Altas torres de ladrillo que se alzan como testigos mudos de las transformaciones de Málaga.

Se dice que en el Mediterráneo nació el arte de la navegación con el Argo, el barco de Jasón. Pero toda nave metida en el mar necesita del abrigo de un puerto, necesita de luces que iluminen el camino a seguir para poder entrar en lugar seguro. Así pues desde siempre, en las bocanas de los puertos se situaban sus faros. Altas torres coronadas con luz para cumplir su misión de referencia. El faro de Alejandría destacó en la antigüedad por su piedra blanca, por su altura y por su luz. Por otro lado, nuestro litoral se encuentra cosido de torres vigías erigidas para poder alertar de la presencia de piratas del Mediterráneo. Con la apertura del puerto de Málaga al comercio mundial gracias a Carlos III se dio paso a una Málaga fabril que producía acorde con la revolución industrial del XIX, destacando por ello en la economía del país.

La ciudad viva se encuentra en continua transformación y cada generación erige nuevas partes de la ciudad al lado o encima, acorde con el modo de vida de cada tiempo. Si la ciudad no se transforma puede ser un indicativo de falta de vitalidad. Así pues el XIX fue un siglo a destacar en Málaga por su pujanza económica. Sin embargo, los primeros 60 años del siglo XX destacaron por un parón en las transformaciones. El urbanismo no llegó a desarrollarse y cabe destacar alguna actuación parcial como la unión Alameda-Parque a través de la nueva plaza de la Marina o las nuevas barriadas autosuficientes de la Obra Sindical del Hogar. Muy poco para mucho siglo.

Durante la década de los sesenta se inicia el turismo moderno en nuestro litoral. El territorio empobrecido y dormido despierta con la nueva actividad. El turismo trae dinero y cultura occidental a un país en crisis económica necesitado de ambas cuestiones. La llegada del turismo supone un auténtico revulsivo con una gran capacidad de transformación que da lugar a la Costa del Sol que hoy conocemos, con sus luces y sus sombras.

Este nuevo desarrollo genera en la ciudad de Málaga una serie de transformaciones más bien relacionadas con la necesidad urgente de vivienda. La emigración llegaba a la ciudad buscando trabajo, en lo que fuera, en la costa turística próxima. Eso supuso una transformación de tejidos urbanos como brusco salto entre el XIX y los sesenta del XX, que a veces duele contemplarlos. El Estado planteó la operación de la Prolongación de la Alameda como conexión con el litoral turístico occidental con un eco en La Malagueta. Pero Málaga no se integró nunca como otro nodo más de actividad turística. La ciudad antigua con su bahía rodeada de montañas y su historia desvencijada era paradójicamente la fea de la costa.

Pero en los últimos 15 años la situación ha avanzado de manera señera. Entre las transformaciones del centro histórico cabe destacar la progresiva peatonalización, la recuperación de la identidad histórica y su lavado de cara, la apertura del puerto a la ciudad con intervenciones de calidad, el surgimiento de un sistema de museos a partir de la mecha que prendió el Museo Picasso. Málaga siempre ha estado ahí pero como una suerte de mito de Pigmalión se ha transformado y ha potenciado su belleza natural, que podemos contemplar y vivir cada día más como ciudadanos.

A todo esto se une que la llamada 'burbuja inmobiliaria', de la década pasada, devino en nuestra provincia la realización y culminación de las más potentes infraestructuras de comunicación jamás soñadas, que permiten cuestionar la secular situación periférica de nuestro entorno (ampliación del aeropuerto, AVE, hiperronda, ampliación del puerto, autovía del litoral, autovía con Córdoba, autovía por Despeñaperros, autopista de Las Pedrizas, etc.).

Y posiblemente como consecuencia directa de todo esto, en estos días hemos conocido el proyecto para una torre en el extremo con el mar del puerto de Málaga para albergar un uso hotelero de la más alta categoría. El puerto se convierte de nuevo en el centro de todas las miradas, objeto de deseo que llegó a atraer al mismísimo Frank Gehry, uno de los mejores y más optimistas arquitectos del planeta. El lugar es un lugar nuevo, ganado al mar. Antes había solo agua... y supone el centro de la bahía. Teniendo en cuenta la época que nos toca vivir, hemos de pensar que se cumple con todas las garantías desde el punto de vista de regulaciones, normativas, procesos administrativos, etc. E incluso podemos hablar y opinar sobre ello abiertamente. Se trata de una torre que ejemplifica la potente vocación turística de nuestro territorio, que hoy también ha llegado a la ciudad de Málaga. Nunca antes las zonas hegemónicas de la Costa del Sol habían mirado con tanta atención hacia Málaga. La capitalidad por población se ha transformado en una capitalidad cultural que complementa la oferta destinada a los visitantes turísticos. Esto nos dice que algo está pasando en Málaga. Existe un riesgo evidente de morir de éxito, las llamadas identidades de éxito (Roma, París, NY o Barcelona) así lo padecen. Y es por ello que debemos cuidarlo con esmero.

La nueva torre surge por su forma redondeada como una nueva chimenea habitada, llena de actividad turística. La construcción en altura supone un aumento de densidad y la densidad hoy día hace sostenible la ciudad. Aunque no hay que confundir densidad con exceso de actividad. Y eso es lo que le está sucediendo al centro histórico recién embellecido. El exceso de actividad puede hacer colapsar el centro habitado por residentes y trabajadores y por la morfología de nuestra ciudad tiende a estrangular sobre todo la relación entre Málaga Este con el resto de la ciudad.

No debemos temer esta transformación. Debemos exigir un buen proyecto desde todos los puntos de vista, y también como objeto bello. Que aparezca en la bahía como una chimenea sin humo, como un faro de múltiples luces construido con piedras huecas como diría Louis Kahn. Lleno de buenos espacios en un nuevo lugar para ser habitado temporalmente y generar riqueza y trabajo. Para todo ello cuidemos Málaga, mantengámosla lustrosa, culta y bonita porque van a venir muchos más... Y volvamos a recordar que curiosamente el faro de Alejandría estaba coronado por la estatua de Helios, la personificación del sol...