Diario Sur

RELACIONES HUMANAS

El horror de aburrirse

Ninguna expresión facial más aborrecible para el hombre de hoy que el bostezo. Es el gesto del derrotado, del vencido por el sueño y por tanto falto de energías para actuar con el dinamismo y la vitalidad que se esperan de un triunfador al uso. Pero es también la mueca del aburrido que no sabe cómo llenar su tiempo al no encontrar alicientes en la ilimitada oferta de distracciones que le presenta el mercado de entretenimiento de nuestra época. Convertida en un deber más que en un bálsamo, la diversión nos convoca por todas partes y en todo momento hasta ejercer sobre nosotros una intensa presión social. Aburrirse, es decir, no ceder a esa presión, significa ir contra la corriente, situarse en territorio sospechoso, desafiar los valores y las normas de la comunidad. A la contrariedad que siempre acompañaba a los estados de tedio, el aburrido agrega ahora una nueva pena: la de sentirse culpable de una infracción, la de estar incumpliendo un precepto y por tanto haber fracasado en sociedad. Es cierto que hay distintas clases de aburrimiento, como explica Lars Svendsen en ‘Filosofía del tedio’ (Tusquets, 2006). Una cosa es –nos dice el filósofo noruego– el aburrimiento fugaz, casi instantáneo, que nos causan determinadas rutinas o ciertas situaciones de la vida cotidiana –la blanda apatía de las tardes de domingo, el fastidio de algunas esperas interminables, la insatisfacción ante un libro o una película que no responde a nuestras expectativas– y otra el tedio que se instala en nosotros como una pesadumbre sin horizonte, muchas veces carente de una causa objetiva, y que hace recordar la aguda greguería de Gómez de la Serna: «Aburrirse es besar a la muerte». Pero ambos tienen en común la invitación a la huida. Nadie opta por el tedio voluntariamente. Todos tratamos de escapar de sus redes y liberarnos de la mortífera aflicción que nos provoca. A veces da la impresión de que la mayoría de las actividades ideadas por el ser humano no van encaminadas a satisfacer ninguna necesidad, sino a combatir el aburrimiento. No en vano el verbo «aburrir» viene de «ab-horrere», y se emparenta por tanto con palabras como «horror» y «horrible». Una buena parte de las corrientes pedagógicas en boga se sostiene en el principio del entretenimiento. Dado que el crimen más grave que puede cometer el profesor es, según parece, el de aburrir a sus alumnos, todos los métodos y actividades deben ir encaminados a enseñar deleitando, lo que generalmente se traduce de forma tosca por divertir en el aula. Y no solo los procedimientos: también los contenidos. Ningún tema, concepto, ejercicio o trabajo tiene cabida en la programación si no atrae a los estudiantes y los mantiene motivados (entendiendo, claro está, la motivación en un sentido estrictamente recreativo y no intelectual). Si afuera, en la calle y en los hogares, se ha decretado un estado de fiesta perpetua donde el imperativo lúdico lleva siempre ventaja al deber e incluso al interés de cada cual, la escuela ha de rendir culto a lo agradable anteponiéndolo a lo conveniente. Así tal vez no hagamos personas formadas, competentes y capaces, pero en cambio los habremos hecho felices. Felices, añadamos, en el presente, aunque caben serias dudas de si también en un futuro en el que deberán enfrentarse a retos que pondrán a prueba no tanto sus cuerpos de jota como su tolerancia a la adversidad y su capacidad para resolver problemas. Pero el aburrimiento es una característica propia de los humanos, como recuerda Leszek Kolakowski: «Nos aburrimos cuando nuestras experiencias de estas cosas son tan uniformes y monótonas, tan faltas de promesa de lo novedoso, que tenemos la sensación de estar en un mundo en el que nada nuevo sucede ni cabe esperar que suceda y de que, en el caso de suceder algo, para nosotros es como si no hubiera sucedido». Y huir de él es, por tanto, humano. Al explorar en este movimiento de huida de la rutina, Nietzsche repara en que más que felicidad lo que buscamos por medio de él es estar ocupados. A eso cree que se deben en gran medida muchas de nuestras admiraciones e idolatrías: «Todo el que procura ocupación a los humanos es considerado por estos un bienhechor», concluye. Esta conspiración general contra el aburrimiento, encarnada en la provisión incesante de armas de distracción masiva a individuos y pueblos, no tendría mayor importancia si se limitara a cubrir segmentos de tiempo inútiles o a hacer más llevaderas tareas y obligaciones que de un modo u otro estamos forzados a cumplir. Ahora bien, no estaría de más empezar a desmontar el mito de lo divertido como baremo de aprobación de cualquier realidad –lo divertido ha adquirido tal prestigio que hoy acredita por igual una película de humor que un plato de cocina, una relación afectiva o una estancia en el hospital– y preguntarse si no tendrá razón Savater cuando asegura que también las mayores fechorías humanas siempre han estado a cargo de gente que no sabía aburrirse y buscaba desesperadamente algo con lo que matar sus bostezos.