Diario Sur

POR AHORA

Cada día es un día más

Pasa el tiempo y se descuenta del total. Aprovechar cada instante no siempre está a nuestro alcance, pues dependemos de todos y de todo. El año 16 está siendo largo y tedioso y se da por descontado que Sánchez no se abstendrá, o que sí que lo hará, que mantendrá su no absoluto, que no intentará presidir un gobierno alternativo, que sí lo intentará, que los barones le impedirán ir, venir, marcharse o quedarse, que no habrá congreso exprés del PSOE, que Sánchez lo ganará, que no pactará «con quienes quieren romper España», que éstos le investirán, que no, que habrá terceras elecciones y nunca las habrá...

Queda poco y nada se sabe, o no por completo. A veces las culpas colectivas no son proporcionales. Hay muchas causas y personas que nos han ido llevando al bloqueo del esperado proceso institucional, pero nada ni nadie en la proporción como lo ha hecho y sigue Pedro Sánchez, un hombre solo o escasamente rodeado. En la búsqueda de las causas o argumentos que iluminan la decidida aventura del alto dirigente socialista se hace difícil su defensa. «... Me votasteis para poner fin al gobierno de Rajoy y eso lo vamos a llevar hasta el final...».

La pregunta es, ¿hasta qué final, hasta la llegada de una nueva recesión, hasta las sanciones de la Unión Europea, hasta las terceras elecciones, hasta un gobierno con los independentistas, hasta los peores escenarios que más puedan perjudicar el prestigio, el interés y la prosperidad de España...?

Si hay repuesta no la sabemos y si hay límite a la ciega osadía de este político de escasa experiencia pero de crucial papel, aún mucho menos. Ni siquiera en su partido dejan de contestarle un día sí y otro también, pero la cosa ni pasa de ahí ni parece que en el PSOE anden sobrados de resortes para doblegar la voluntad de un secretario general entregado a la insumisión.

Esperar que los resultados electorales de hoy de gallegas y vascas arrojen luz sobre los esperados acontecimientos nacionales inmediatos es un ejercicio de dudosa resolución. Sólo las relaciones y equilibrios internos del Partido Socialista pueden alterar el radical planteamiento de un Sánchez decidido a ser presidente incondicionalmente. Un hombre cegado por una ambición inasequible al desaliento, sordo ante cualquier voz o argumento y entregado a la causa de sí mismo por encima de todo. Así lo parece, de hecho difícil lo tendrán sus biógrafos más favorables para poder edulcorar la verdadera historia del quizá más desahogado y escaso, pero intenso y contumaz, dirigente socialista español de todos los tiempos.

Desde octubre de 2015 en que se convocaron elecciones ha pasado un año mal contado. Un año de interinidad en el que los inconvenientes se vienen revelando lenta pero inexorablemente, un año en el que nadie es ajeno a aciertos y errores, pero cuya bondad posible toca a su fin. La inicial actitud de comprensión de los representantes de la UE se ha tornado en presión y advertencias que pueden perjudicar y encarecer gravemente nuestra economía y eliminar una buena parte de nuestras mejores oportunidades. Entre nuestros socios europeos ya se dice sin ambages que no hay quien nos pueda entender.

A los que pueda interesar hay que decirles alto y claro que ya no valen la táctica ni la proyección de planes geniales. Hay que deponer a Sánchez, no se puede consentir que siga secuestrando la opinión y la voluntad de todos en su partido y que su rehén sea España. Nada puede justificar que nuestro esfuerzo ante la peor crisis económica nacional contemporánea acabe resultando baldío por la sola voluntad de un líder al que le faltaron apoyos y diputados suficientes, pero que pudo aferrarse a las normas para conseguir el bloqueo. Las palabras nunca pueden tapar los hechos durante demasiado tiempo. No se puede creer que nadie que diga estar con el pueblo, en contra de su sufrimiento y a favor del empleo y la solidaridad, acabe por impedir las políticas necesarias -cualquier política- para poderlo llevar a cabo.

El secretario general de los socialistas, convencido de que la perentoriedad de los plazos y hasta la desesperación de sectores, empresas y ciudadanos están a su favor, ha enviado un claro mensaje al pueblo español: «no trabajaré en vuestro favor si yo no soy el presidente. No es no».