Diario Sur

¿Tú qué piensas?

Una vez leí, no recuerdo dónde, a un personaje de una novela al que la paternidad no se le daba nada bien, contarle a otro sus problemas. El otro personaje, con una sabiduría aplastante, le dijo que no importaba lo que hiciese como padre. Porque hagas lo que hagas, la vas a pifiar. En ese momento entendí que no tiene sentido alguno angustiarse. Pero aplicar esa sabiduría es mucho más complejo de lo que parece.

Cuando era muy pequeña, creo que aún no había cumplido seis años, mi hija me hizo una pregunta trascendental. De esas que definirán su visión del mundo posterior. De esas que, cuando las escuchas, sientes abrirse el suelo bajo tus pies, las puntas de los dedos rozando un abismo sin fondo y un montón de perros rabiosos corriendo hacia ti con las mandíbulas chorreantes.

-Papá, ¿Dios existe?

Seguro que se ha visto usted en esa situación, de una forma o de otra. No hay muchas formas de librarse de una de esas preguntas. Uno puede tartamudear, pero normalmente eso solo empeora la situación. Puede decirle que se vaya a jugar, a desayunar, a hacer cualquier otra cosa, tratando de ganar tiempo, pero eso solo empeora la situación. Uno puede darle su propia visión del mundo como respuesta, una idea que, por supuesto, estará equivocada total o parcialmente, porque si hay algo en lo que los adultos somos expertos es en estar profundamente equivocados y aún así aferrarnos a nuestro error con uñas y dientes.

En los escasos segundos que tuve entre que el abismo se abrió a mis pies y los perros rabiosos me alcanzaron, con mi hija alzando la ceja esperando su respuesta, mis procesos mentales se detuvieron por completo. Abrí la boca, consciente de que la iba a pifiar. Pero, contra todo pronóstico, no lo hice. Desde luego no es por mérito mío, se lo aseguro. Fue pura suerte, porque en ese momento mi cerebro estaba completamente desconectado de mi boca. El caso es que respondí:

-¿Tú qué piensas?

Mi hija me miró de forma extraña. En el colegio los acostumbran a escuchar hechos, y poco a sacar conclusiones por sí mismos. Aquella respuesta la pilló tan de sorpresa como a mí me había pillado su pregunta. Así que se puso a pensar sobre lo que me había preguntado, y me dio una respuesta razonada. Estuvimos un buen rato hablando sobre sus conclusiones -increíblemente lógicas, porque los niños son niños, no idiotas- sin que en ningún momento yo le diese mi opinión al respecto. Y cuando concluímos de hablar, mi hija me dio las gracias, diciéndome que le gustaba mucho hablar conmigo de esa forma.

Y eso fue todo. Le había prestado atención, le había enseñado a tener confianza en sí misma y a sacar sus propias conclusiones, que son las tres únicas cosas que de verdad necesitan de nosotros. Por pura suerte, pero me permitirán que la dé por buena.