Diario Sur

Mercedes

Mercedes
/ Sr. García .
  • La imagen pública que ofrecemos no tiene por qué ser un espejo de nuestra manera de ser

Hoy sábado 24 de septiembre me acuerdo del santo de Mercedes, aunque no tengo noticias suyas desde hace años. Tal vez algún día se produzca el reencuentro porque un conocido común vuelve a reunirnos. Entonces el tiempo transcurrido se esfumará de repente y reaccionaremos igual que si nos hubiéramos visto la noche anterior. Estas pérdidas de contacto son habituales entre quienes apenas descolgamos el teléfono para llamar a nadie ni utilizamos la Red que todo lo pesca. A Mercedes la relaciono con Menorca, Cadaqués, los paseos en bicicleta, las fiestas del barrio de Gracia. Fue la enfermera particular de Gala Éluard Dalí en Portlligat y también la acompañó durante las largas noches que estuvo hospitalizada en Barcelona. Me contó que Gala no permitía que Dalí entrara en la habitación hasta que ella la peinaba y maquillaba.

Por curiosas coincidencias, conocí a Gala y Dalí a mediados de los años 70. Vi la relación que mantenían. No olvido una frase sobrecogedora de Dalí: «A través de ella yo estuve en comunión con el llanto de la vida». Esto me hace pensar que la imagen pública que ofrecemos no tiene por qué ser un espejo de nuestra manera de ser. Lo digo por Gala y Dalí y también por cada uno de nosotros. Yo actualmente no doy ninguna imagen, permanezco oculto, encerrado en mi mundo, como lo estuvieron ellos. Mercedes vivía en contacto diario con la enfermedad y la muerte. Lloraba en la intimidad y reía públicamente, pero sobre todo aprovechaba la dulzura de la vida.

Yo era un licenciado en Derecho que, por caprichos del destino, me relacionaba con profesionales de la medicina. Ahora me vienen a la memoria sus nombres, los momentos que pasamos juntos, la vida que resurge al cabo de los años. A partir de hoy, me propongo consultar cada mañana los santos del día y trasladarme por las calas privadas de la memoria de un nombre a otro. A finales de los 70 estaban Mercedes, Gloria, Salvador, Belén, Eduardo, Juan José, Ester, Marta, y sobre todo Javiera. Menciono sus nombres y revivo los momentos más felices. Al menos en mi caso, la memoria embellece los recuerdos. Últimamente solo miro el presente inmediato. El futuro es un presente inalcanzable y el pasado siempre me acompaña. La memoria me susurra al oído la edad que tengo sin mencionarla, me reclama paciencia, me aconseja que esté tranquilo, que disfrute la vida, que no me preocupe ni me inquiete, que los que se han ido están con ella y se encuentran bien. La memoria, que todo lo envuelve para regalo. Hoy he vuelto con Mercedes a aquella tarde lejana en Cala Morts. Cuando aún no había muertos y el futuro era un horizonte azul interminable.