Diario Sur

Extraordinaria Aduana

La entrañable sonrisa de María Morente se hace aún más luminosa cuando explica a un reducido número de privilegiados los pormenores del nuevo Museo de Bellas Artes del que es directora. Está justificado ese privilegio: en una época de aspereza social y mala educación, la Consejería de Cultura ha tenido la insólita deferencia de enseñar en primicia las nuevas instalaciones de la Aduana a unos representantes de la comisión cívica que hace diecinueve años impulsó su transformación en Museo, arrancándoselo al Estado de un prosaico uso administrativo. No estaban todos. Casi veinte años son muchos como para que se hayan quedado varios en el camino. Se expone un vídeo -otro detalle- que registra las dos manifestaciones multitudinarias contra el empecinamiento estatal. Éramos más jóvenes, nosotros y el país, sorprendido éste de que una ciudad que no destacaba precisamente por su cultura se echara a la calle por algo más que celebrar el ascenso a primera de su club de fútbol. con ser esto importante. Quizás se olvidaban de que una década antes también se echó a la calle, y masivamente, para pedir su universidad.

No pudimos ver algunas espacios singulares, la biblioteca, el espectacular restaurante panorámico. pero sólo por lo que vimos podemos decir, sin exageración, que estamos ante la obra arquitectónica más importante de Málaga, después de la Catedral y, desde luego, ante uno de los museos más hermosos de España, en continente y contenido. Siempre me pareció que el noble edificio neoclásico de Martín Rodríguez tenía algo de extemporaneidad grandiosa y escurialense: derroche arquitectónico para unas delegaciones gubernamentales, comisaría de policía y calabozos, cuya función patibularia no la redimía ni la noche fugaz que en ellos pasó Frank Sinatra. A tales piedras, pues, tal honor, pero estar a la altura de éste no dejaba de ser un arriesgado reto arquitectónico. Con frecuencia, cuando se aborda una rehabilitación o un cambio de uso en un inmueble histórico, se olvida el respeto debido al edificio original que, como un anciano desvalido, emite unos mensajes de clemencia ante el ímpetu desconsiderado de los nuevos arquitectos, apremiados por la necesidad de dejar 'su' obra genial a las primeras de cambio.

No es el caso del extraordinario trabajo que han hecho aquí los estudios del arquitecto Fernando Pardo, responsable de la obra, y de Frade Arquitectos, autor del proyecto museológico. El optimismo al que mueve la presencia de una obra arquitectónica bellísima se transforma en euforia cuando eres del gremio y tu afición permanece aún indemne a las agresiones administrativas. Diríase que Fernando Pardo ha metido un edificio dentro de otro con la sutileza y liviandad con que los espíritus parecen penetrar en algunos lugares sagrados. Y no es que su intervención no se note, sino que parece que ese espacio siempre ha sido así, desde sus orígenes. Las estancias se funden unas con otras -la vieja 'promenade architectural' preconizada por Le Corbusier- los planos, los volúmenes casi escultóricos y los suelos de mármol blanco y noble madera de iroco parecen deslizarse entre ellos obrando el milagro de que el aire fluya y se expanda, en lugar de comprimirse y, con el aire, los pasos del espectador, que van recorriendo los ambientes (yo no les llamaría sólo salas) llevado en volandas por la arquitectura y, claro está, por la atracción de lo expuesto que, a buen seguro, van a provocar en Málaga una auténtica conmoción. La arquitectura se despliega aquí humilde, pero gentilmente, al servicio de la obra expuesta- la pictórica y la arqueológica- pero al mismo tiempo, la obra expuesta potencia y refuerza la enorme calidad del 'envoltorio' arquitectónico: nunca la Aduana fue un edificio más hermoso que ahora.

Y los contenidos. Si algún cenizo marca de la casa pensó que desde el punto de vista arqueológico aquí sólo había cuatro piedras se va a encontrar con un museo arqueológico de excepcional calidad . y cantidad, aglutinado por los fondos del Museo Loringiano, los de la Alcazaba y el fruto de las incontables excavaciones que se han ido haciendo en los últimos treinta años. (Sorprendente tumba griega encontrada en calle Refino hace solo ¡siete años!). Inevitable volver a referirse a la belleza del sistema expositivo, fondo y forma, continente y contenido. Y la pintura del XIX jamás lució más esplendorosa, porque los arquitectos han conseguido envolverla en unos espacios rabiosamente modernos que, sin embargo, producen la sensación de encontrarte en un clásico museo de la época, como las míticas salas del British, del Louvre, de la National Gallery... Para los que llevamos inevitablemente inoculado un virus provinciano, de difícil antídoto, entrar en uno de nuestros museos te transporta a un espacio europeo, el espacio Schengen en su dimensión más orgullosa y legítimamente exportable: la cultural.

Sólo un pero, no imputable al Museo. Esta ciudad, capaz de estos impulsos cívicos en un trasfondo de amodorrada indolencia, no fue capaz de acopiar fondos de nuestra extraordinaria escuela pictórica de los años cincuenta (Brinkmann, Peinado, Barbadillo, Chicano, Ruano, von Reischvitz, Alberca, Béjar, etcétera), fenómeno verdaderamente singular en la ardua España de entonces. La representación aquí de estos pintores es testimonial, cuando debía ser una afirmación cultural de primerísima magnitud, como lo calificaba el llorado crítico Santiago Amón.

Pero esta es otra historia, y hoy toca congratularse de que, con la Aduana rescatada, Málaga ha dado un paso gigantesco en la excelencia urbana. Esta vez sí.