Diario Sur

FALSO 9

TRES SEGUNDOS

El fútbol no permite distracciones. La falta de concentración durante unos segundos cambia el signo de un partido. Lo vimos en el Camp Nou el pasado miércoles. Messi cae lesionado y el equipo azulgrana está más pendiente del compañero que de los adversarios. Y el Atlético de Simeone aprovecha inmediatamente esta circunstancia favorable para marcar el gol del empate. Los más pícaros de la clase sacan el máximo provecho cuando los contrincantes sufren un instante de zozobra. Noventa minutos, o noventa y cuatro, se hacen muy largos. El Real Madrid lo sabe muy bien, sólo hay que recordar los goles de Ramos en la final de Champions contra el Atlético y el de Morata la semana pasada contra el Sporting de Portugal. Un gol se encaja en tres segundos de descuido, a veces incluso menos, lo puede provocar un lapsus mental, un golpe de mala suerte, un descuido, un momento que se piensa en otra cosa y ¡zas!, llega el gol. Los despistes se pagan caros en el fútbol y en la vida. A veces, demasiado.

Pero los goles que un equipo recibe no vienen siempre precedidos por fallos técnicos, físicos o mentales. También se producen jugadas mágicas y disparos imparables. En estos casos quienes encajan el gol no cometen ningún error, pero tampoco pueden hacer nada por evitarlo. Goles que no se olvidan y se guardan en la memoria como reliquias. A veces no son recordados tanto por su factura como por su trascendencia. El paradigma lo posee el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Iniesta ha marcado otros goles inolvidables, aunque pertenece a esa selecta clase de jugadores que no hace falta que marquen goles porque ya de por sí, con su juego, marcan la diferencia.