Diario Sur

Participación

Se dijo que con la crisis y sus efectos colaterales acababa la era de la indiferencia ciudadana. Se discutía más, la gente se movilizaba crecían los debates televisivos de corte político. Es verdad que no siempre este aparente incremento de la sensibilidad llevaba aparejada la revaloración del discurso. Quienes irrumpían en la escena con nuevos mensajes y otros usos fueron poco a poco cayendo en los esquematismos retóricos tradicionales, ahora acentuados por la querencia a las pantallas y los platós, la predilección por los argumentos emocionales y una apremiante necesidad de ganancias electorales por la vía rápida. La intermitente tradición democrática española siempre ha topado con el mismo obstáculo en la búsqueda de un vínculo entre el común de la ciudadanía y las ilustradas clases dirigentes. En vez de sembrar en el ingrato huerto de la pedagogía, el político prefería cosechar adhesiones cuyo logro exigía el precio de la simplificación del discurso, la banalización de las ideas, el culto a las formas y las apariencias y la reducción del relato a esquemas narrativos propios de la literatura de quiosco. Nadie es inocente. Si el político recaía una y otra vez en esta clase de tics era porque le funcionaban. Y en esa eficacia tenían mucho que ver unos medios en acelerada mudanza, entregados a la espectacularidad, el sensacionalismo y el entretenimiento como fórmulas expresivas preferentes, por no decir únicas. Hoy la participación política raras veces consiste en adquirir información esencial, reflexionar acerca de los problemas y soluciones. Se vuelca más bien en una especie de hooliganismo de índole pasional y espasmódica que confunde la hondura del compromiso con la vehemencia de sus fobias y sus filias personales, y con la expresión lo más sonora posible de estas. No extrañe, pues, que uno de los pocos debates de cierta calidad últimamente a la luz -el que enfrenta en Podemos a dos concepciones de la estrategia interna representadas a grandes rasgos por Iglesias y Errejón- haya quedado traducido casi inmediatamente a una triste parodia de las querellas sentimentales contadas en la prensa rosa. Estamos ante algo más que eso, aunque los sesgos populistas de la formación les hayan hecho caer en sus propias trampas. Si dos deciden airear sus diferencias con unos tuits un tanto pueriles, no deben quejarse después de que los tachen de infantiles. No es lo mismo, pero sí algo semejante se podría decir de los movimientos dentro del PSOE, relatados como un episodio más de una serie de ambientación cortesana. Y así, entre las letras de Pimpinela y las intrigas de Juego de Tronos, nos vamos bandeando en este pasatiempo al que damos el pomposo nombre de participación.