Diario Sur

ARTE EN MARBELLA

LA FRONTERA ROJA

Siempre que acudo a una exposición de arte abstracto o no figurativo presto atención -con disimulo, por supuesto- a los comentarios del público asistente, y he comprobado que cada vez menos, quizá por pudor, indiferencia o resignación, se oyen preguntas como: «¿Esto qué es?» o «¿Qué significa esto?», cuando no otras menos piadosas o diplomáticas. Recordemos que hace más de un siglo que el arte -la pintura, sobre todo- ha dejado de ser un medio donde se narran historias para ser un fin en sí mismo, sin obligación de reconocer lo allí expresado. De hecho, ya en 1890, el pintor y escritor francés Maurice Denis acuñó esta profética frase: «Un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, un desnudo o una anécdota, es antes que nada una superficie cubierta de colores que se agrupan en una determinada organización».

Sin embargo en innumerables ocasiones un lienzo puede contener elementos figurativos y abstractos, o emplear ambos lenguajes para su definición plástica, como la obra que nos ocupa, 'Paisaje', óleo sobre madera, de medidas 46 x 61 cm., firmado y fechado en 2013, que se halla en una colección privada de Marbella, y cuyo autor es el pintor Jorge Disdier, nacido en Calahorra (Logroño) aunque residente a caballo entre Madrid y Marbella. Pero este cuadro nos interesa por partida doble: por su conjugación estilística y porque ejemplifica la teoría del semiólogo italiano Omar Calabrese, según la cual una mayor verosimilitud en pintura depende de un máximo uso de técnicas abstractas (geométricas, cromáticas, etc.)

¿Cómo se explica esto? Veamos la obra: tres franjas horizontales cubren todo el soporte, si bien el espacio reservado al cielo ocupa menos de su tercio correspondiente, por lo que, tratándose de un paisaje, aumenta el impacto visual del primer y segundo términos, que no son tales, pues no existen pasajes ni perspectiva aérea, y además el plano medio -el horizonte- presenta un color más oscuro que el primero. Para compensar este sistema 'anticlásico' y dotar de unidad pictórica al conjunto, Disdier realza la zona baja con un verde denso, animado por visibles pinceladas de izquierda a derecha y una suave transición a tonalidades esmeraldas, extraño venero de una línea roja, sinuosa e imprecisa, a modo de río o vaguada, que cruza longitudinalmente la escena y crea la sensación de profundidad y, por su posición central, de estabilidad. Estratégica frontera que separa y conecta las zonas baja y media con sutileza, la necesaria para mantener el equilibrio compositivo y, de paso, fomentar en el espectador más preguntas e interrogantes. Como debe ser.