Diario Sur

MIRANDO AL MAR

SUPER OLÍMPICOS

TENGO que reconocer que no esperaba engancharme, de la forma que lo hice, a las retransmisiones televisivas de los Juegos Paralímpicos que finalizaron recientemente. En un principio, tras los juegos de Río de Janeiro -los considerados normales-, aquellos destinados a personas con determinadas discapacidades se mostraban como pruebas secundarias. Al menos así los consideran mucha gente. Pero siguiéndolos con atención, y conociendo las historias que hay detrás de muchos de los deportistas participantes, no cabe duda de que se pueden valorar algunas situaciones en su medida exacta.

No son deportistas considerados de élite, de esos que reciben todo tipo de honores, que ganan mucho dinero y son seguidos por los medios de comunicación (con permiso de los futbolistas). Pero suelen ser los que más dificultades han tenido que superar para conseguir unos objetivos y en algunos casos han sobrepasado a las grandes figuras de los otros juegos, como ha ocurrido con un corredor que consiguió mejor marca que el campeón olímpico. Se han visto casos realmente sorprendentes, como ese jugador de tenis de mesa que carecía de los dos brazos y manejaba la paleta con la boca, sacando con el pie, por poner solo algún ejemplo llamativo. Indudablemente han sido los juegos de la auténtica superación, de los límites de los recursos humanos ante la adversidad. La parte mala es que parte del mundo se maravilla de cómo algunos han llegado a tales extremos de esfuerzo pero solamente durante unos días, mientras la televisión ofrece las imágenes y, muchos comprueban, que sus compatriotas con discapacidades han logrado mayor número de medallas que los que no las tienen, las discapacidades, digo.

Nos suele ocurrir muy habitualmente que las cosas que nos interesan duran un tiempo limitado, porque este mundo va muy deprisa y tendemos a las sustituciones rápidas, como si nos aburriera en pocos días aquello que tanto interés nos despertó. Hagan la prueba con algunas noticias, por ejemplo con los terremotos, que suponen un impacto mediático de gran alcance y que atenuada la primera impresión no vuelve a hablarse de ellos, aunque las consecuencias de unos segundos de temblores en la tierra duren, desgraciadamente, varios años.

Difícilmente volveremos a hablar de los atletas con discapacidad como no sea en su entorno más cercano. Nadie se preocupará de cuáles son sus trabajos de entrenamiento, que en algunos casos son de auténtica rehabilitación permanente, ni de si tienen las instalaciones adecuadas para que en las siguientes convocatorias se consigan mejores resultados.

La realidad es que a estos atletas los tenemos a nuestro lado cada día de nuestras vidas y podemos comprobarlo solo con mirar alrededor y no digo ya con una visita rutinaria a un centro sanitario. En muchos casos están en nuestras propias familias. No participarán en unos juegos olímpicos, pero mantienen cada momento de sus vidas la tensión necesaria para intentar superar aquello que les afecta, sin cámaras, sin seguimiento diario y, a veces sin la atención que la sociedad debería darles.

Algunos, con la fuerza de la juventud, aunque no de su salud, llegan a romper fronteras, como el joven de Marbella Pablo Ráez, que ayer volvía a su casa desde el hospital tras haber conseguido aumentar un mil por cien las donaciones de médula ósea. No ha encontrado todavía (esperemos que pronto) a su donante compatible, pero está ayudando a muchos a conseguirlo. Hay muchos Pablos que son anónimos, pero este parece haberse hecho merecedor de una medalla olímpica por la forma en que ha comunicado al mundo su problema. Y miles de personas se encuentran inmersas en la llamada "enfermedad del olvido", el alzheimer, cuyo día se celebraba ayer, y que no entiende de escalas sociales o económicas.

Hay super olímpicos en nuestra vida diaria a los que, con toda seguridad, implicados en una lucha constante, les importará muy poco si unos caballos de la Policía Local fueron utilizados en una boda o si dos miembros de un partido difieren de sus planteamientos políticos a través de las redes sociales, aunque hablen de sacar los colmillos para asustar a los demás y mantener sus cuotas electorales. Seguimos pendientes de actualizar la escala de las cosas importantes, separándolas de los fuegos artificiales.