Diario Sur

GOLPE DE DADOS

El hombre de las mil caras

'El hombre de las mil caras' se titula el filme de Alberto Rodríguez que protagoniza Eduard Fernández. En esta película se narran las peripecias del espía -o como quiera describir sus múltiples tareas- Francisco Paesa (1936) que ha nacido y resucitado en varias ocasiones, y que ha sido llamado, aparte del hombre de las mil caras, el hombre invisible, el espía que surgió del hielo, el renacido, el hombre de humo, y un sinfín de alias que va acumulando este genio de apariciones y desapariciones. Un hombre que en la cúspide de los tejemanejes, en 1998, llegó a fingir su fallecimiento en Tailandia, publicando su esquela en un importante periódico nacional, falsificando de manera magistral el certificado de defunción, y en el colmo del sarcasmo, instruyendo a su hermana para que se celebrasen, en el Convento de San Pedro de Cardeña, treinta misas gregorianas encomendando su alma a Dios. Por eso ahora dice que le da igual, que si lo asesinan las mafias rusas, ya tiene parte del cielo ganado. El sarcasmo ha sido y es su armadura.

No se sabe a ciencia cierta el momento en que los Servicios Secretos españoles contactaron con Francisco Paesa, un apuesto economista en cuyo currículum se encontraba un apasionado romance con la mujer, en una época, más bella del mundo, Dewi Sukarno, viuda del presidente indonesio, que a finales de los años setenta vivía en París a todo trapo con las rentas que su maridito robó del confín de Asia. Paesa mantuvo con Dewi un maravilloso «affaire» que terminó en cuanto ella se dio cuenta de los oscuros enjuagues económicos de su gigoló que, a su vez, mantenía otro romance, de naturaleza diferente, con el dictador guineano Macías al que movía con salvaje impunidad la fortuna esquilmada al mísero pueblo guineano entre París, Londres y banca de Suiza. Como el Conde Cagliostro, que dicen poseía el don de la ubicuidad, Paesa fue visto al mismo tiempo en distintos lugares, en el colmo de una astucia maniobrera imprevisible.

En esos años su estrella parecía declinar cuando reaparece en Madrid, alojado en esplendorosos hoteles, entre ellos el Wellington, encargado, de pronto, de mediar en las acciones de Amedo y Domínguez, cabezas visibles de la banda asesina GAL. Pero ahí no acaba la cosa, como si de una novela de Greene o de Le Carré se tratara -este último de actualidad con la publicación de sus artículos-, de pronto Paesa interviene, con anuencia del entonces ministro del interior Antonio Asunción y de la cúpula del gobierno, en la captura y espectacular detención en Bangkok del fugado exdirector de la Guardia Civil, Luis Roldán, que aún hoy sigue manteniendo que el dinero en juego lo despistó y depositó en cuentas personales el intermediario «puesto por el gobierno», quien se inventó, otra cortina de humo, los «papeles de Laos» y las contraprestaciones que nunca recibió Roldán.

Lo demás es Historia. Gran Historia del espionaje internacional. No sabemos si Paesa, ahora mismo, se está paseando por calle Larios, o si es mi vecino, o el suyo.