Diario Sur

FÚTBOL ESCRITO

BOFETÓN DE REALIDAD

Resulta que al Málaga no le hacía falta cariño, ni un hombro en el que llorar, ni un amigo que se compadeciera de su mala racha, ni un psicoanalista, ni mucho menos un curandero: le hacía falta un bofetón. Como el que merecidamente le dio el Eibar el martes durante la primera parte, con un meneo bastante importante, impropio de la imagen de equipo embarrado y voluntarioso que tiene adjudicada pero que se está quitando de encima a fuerza de tocar bien y doblegar a los rivales con dosis similares de calidad y entrega. Hasta entonces el Málaga había sido el adolescente vago que sabe que puede pero que no quiere, o no encuentra el modo y se harta rápido. El gol del Eibar al filo del descanso fue el bofetón, y la justa pitada de la afición vino a ser un trasunto de los padres de antes: si te la han dado igual es porque te la mereces. Y entonces el adolescente vago reaccionó, herido, y empezó a hacer las cosas como sabe. Dando por comúnmente aceptado que para ganar en el fútbol hay que correr más que el rival, el equipo al fin se puso las gafas y empezó a ver hacia dónde y cómo había que moverse. Y despertó. A veces los partidos, y por añadidura las rachas y hasta las temporadas, dependen de un instante. O de una decisión del entrenador. O del cambio de un solo jugador, que deja de hacer lo que no debe para empezar a explotar sus virtudes. El caso de Sandro es paradigmático: de ser una decepción pasó a presentarse como imprescindible tras un segundo tiempo excelente. Al Málaga no le falta calidad, le falta creérselo. El discurso no es hasta aquí podemos llegar, sino desde aquí no vemos límites. Todavía.