Diario Sur

ABOGANDO

ESPECULACIÓN

MI amigo Rafa, hombre informado y amabilísimo, me comunica el sensible fallecimiento de un hombre que, con su negocio, nos hizo pasar ratos inolvidables con nuestras respectivas familias. Cierto es que, como generalmente sucede, más que a él debemos estarle agradecidos a su encantadora esposa que era el alma de la fiesta. Esto de los decesos se está transformando en una epidemia. Está muriendo gente que no había muerto nunca y las fechas de nacimiento de los difuntos son cada vez más próximas, si no lo superan, al año, llamémosle, uno. Y no hay forma de escaparse de las noticias que provocan. Te puedes ir al fin del mundo que alguien te avisa. Las noticias buenas pueden esperar tu regreso y, lo más probable, es que se olviden de participártelas. Pero los incendios, los despidos, los resultados de pruebas médicas, las sentencias desfavorables, los clientes cabreados, las obras del vecino, de ésas no te escapas. Es curiosa la naturaleza humana que, si creemos en el Evangelio, como creemos, ha sido siempre igual: apreciamos no lo que tenemos sino lo que perdemos.

Y el que se ha ido nos ha recordado la pérdida que experimentamos cuando cerró inopinadamente su establecimiento. Íbamos como muchos domingos hasta Puerto Banús a zamparnos una ensalada del chef, como no la he visto hacer en ninguna parte, una pizza margarita con doble de queso, unos mejillones al vapor, tan numerosos que el comensal no se veía desde enfrente, o los 'tagliatellis verdes' que mis hijos siempre preferían, todo ello coronado con una copa 'brasiliana' hecha de forma sublime con los ingredientes más sabrosos y nutritivos que imaginarse pueda: miel, helados, nueces, nata, galleta. Una sangría regaba la digestión y nos animaba para apoquinar la inevitable y dolorosa cuenta que habíamos contribuido a crear. Dos mil calorías después, nos dábamos una vuelta por los muelles pensando que mientras estirábamos las piernas consumíamos lo que habíamos incorporado al organismo. ¡Vana ilusión!

Nuestro anfitrión no cerró porque le fuese mal. Tenía una clientela fija a pesar de que se podía comer más barato en muchos otros sitios. Trabajaban allí diligentes y muy familiares camareros y la parentela completa, por lo menos, su esposa y su hija que hacían todo muy bien. El ambiente era armónico y agradable. Pero, a pesar de todo, la especulación lo hizo víctima. Es que estaba sentado encima de una mina de oro. Por mucha caja que se hiciese al final del día, la proporción entre lo recaudado y lo que se podía obtener -y seguramente se obtuvo- por los metros cuadrados donde nos alimentaban era una invitación a dejar de vender comida y vender el inmueble. Lógico aunque, para nosotros, el paseo se transformó meramente en un recuerdo.

Especular tiene varias acepciones y un sentido generalmente peyorativo en la cuarta. Me permite usar la sexta de las varias que recoge el diccionario: procurar provecho o ganancia fuera del tráfico mercantil y lo hago con todo respeto y en ese sentido. Pero con un cierto fastidio porque los precios de los locales comerciales están impidiendo que ninguna actividad resulte lucrativa. Los inquilinos no pueden pagar la renta. La actividad no da para tanto. Si la dividimos por el número de días que se abre durante el mes, la cifra da miedo y no se percibe hasta bien entrada la mañana, con suerte. Los propietarios, si alquilan, se forran, pero si pretenden explotar personalmente la tienda, se dan cuenta a poco andar que mucho mejor es venderla que jorobarse allí.

La especulación hace que las ciudades se transformen permanentemente, lo que no es malo, siempre que no se destruya lo más valioso porque el terreno valga más que lo construido sobre él. Y siempre se quiere reutilizar los mejores espacios. Así hemos visto que la picota se ha llevado por delante edificios emblemáticos y evocadores de un tiempo que pasó. Sólo se salvan los declarados monumentos nacionales.

Debíamos haber tratado de conseguir que protegiesen como bien de interés turístico a la pizzería. Adiós Christian.