Diario Sur

LA TRIBUNA

Paleos, veganos y otras tribus

Buscamos una alimentación saludable que nos ayude a mantener el buen estado físico y mental, a controlar el peso y a prevenir enfermedades. Son objetivos muy loables, pero antes de comenzar esa delicada andadura, nos deberemos informar concienzudamente y tomar unas cuantas decisiones que nos lleven por el sendero correcto. Todas las dietas tienen sus adeptos y sus detractores según le haya ido a su conciencia, su salud o a su báscula. Nunca nos atreveríamos a discutir con un experto en física nuclear pero, en lo referente a nutrición, el problema es que todos nos creemos unos expertos, afirmaba Francisco Grande Covián.

Las redes sociales son un hervidero de ocurrencias alimenticias y teorías paracientíficas lanzadas a los cuatro vientos sin control alguno. Navegando por los mares de Internet, nos encontramos con entusiastas y decepcionados, a partes iguales, para cada una de las propuestas. La 'dieta de la manzana' promete que adelgazarás cinco kilos en una semana, la 'sopa quemagrasas' a base de col, cebolla, tomate, apio y pimientos te dejará como un figurín, con la 'dieta de la piña' perderás tres kilos en dos días, con la 'dieta de las celebrities' comerás de día y adelgazarás de noche y con el 'método clean 9' alejarás las enfermedades tomando batidos y zumos. Esas son tan sólo algunas de las propuestas que circulan por el mundo cibernético, pero hay muchas más, muchísimas más. Una vez aclarado el camino a seguir, la comida será una parte importante de nuestra filosofía de vida. En Málaga, podemos reconocer esas, nuevas y no tan nuevas, tribus urbanas del yantar. Cada una con su signo identitario. Los 'paleo' comen carne, huevos, verduras y frutas pero no quieren ver, ni en pintura, los lácteos, cereales, legumbres ni comidas elaboradas. Si era bueno en el Paleolítico también lo será ahora, argumentan. Los vegetarianos no prueban la carne pero sí lácteos y huevos, en cambio los veganos no catan animal alguno, no toman lácteos ni huevos. Los crudoveganos subsisten únicamente con verdura y fruta sin cocinar ni calentar. Steven Bratman ha bautizado esta enfermedad con el nombre de ortorexia nerviosa cuando la obsesión llega a ser patológica. Esos pacientes, en casos extremos, suelen acabar con problemas dentales, de piel o capilares, incluso pueden llegar a dañarse órganos internos, a veces de manera irreversible.

En una nota de prensa, la universidad de Graz informó que sus estudios contradecían la creencia popular de que comer carne era perjudicial para la salud. Encontraron que los vegetarianos presentaban el doble de alergias, más cánceres y más enfermedades cardiovasculares que los consumidores de carne. Además, eran más proclives a padecer depresión, ansiedad y enfermedades psicosomáticas, acudían más al médico y necesitaban más medicación. Los vegetarianos tienen peor calidad de vida que los que comen carne, concluían.

Algunos se han lanzado a la aventura de cultivar los alimentos que van a consumir. Esos nuevos hortelanos sin fronteras aprovechan terrazas, balcones y macetas para sembrar tomates, pimientos y lechugas. Logran tener su propia cosecha biológica y, de paso, conservan un espacio verde donde antes no había más que ladrillo. Brooklyn Grange agrupa 6.000 metros cuadrados de cultivos y produce al año 25 toneladas de productos ecológicos en las azoteas del barrio. Los huertos urbanos se han convertido en un auténtico fenómeno de masas con largas listas de espera para hacerse con una parcela. Los hay en Carretera de Cádiz, en Palma-Palmilla o en Fuente Olletas, en Torremolinos, Rincón de la Victoria o Ronda. En esos huertos, además, compartimos relaciones sociales y de ocio con el vecindario, estamos en contacto con la naturaleza y de paso hacemos ejercicio doblando el espinazo. Los más entusiastas han montado su pequeño corral con algunas gallinas y conejos alimentados con productos naturales exentos de sustancias químicas. Es nuestra personal aportación a la agroecología.

La reconocida dieta mediterránea, la tradicional, la comida que nos hacía nuestra abuela, la de casa de toda la vida, esa, precisamente esa es la que tiene mayor respaldo entre los nutricionistas y está avalada por rigurosas publicaciones científicas de aquí y de allá. Los productos locales de temporada, fruta, verdura y cereales, pollo o pescado, tomando un vaso diario de leche, queso o yogurt, carne roja una o dos veces a la semana, junto con azúcares y grasas saturadas son mano de santo para mantener la salud. Si a ello añadimos caminar más y coger el coche menos, completaremos la segunda pauta más recomendada para mantener un estilo de vida saludable: andar, andar y andar.

José María Ordovás, director del Laboratorio de Nutrición y Genómica de la americana Universidad de Tufos y colaborador del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares en Madrid, recomienda comer con sentido común y todo en plato de postre. El médico y científico asturiano Francisco Grande Covián decía que lo único que no engorda es lo que queda en el plato. Hay que comer variado y evitar los excesos de calorías. En esa misma línea, nuestro experto endocrinólogo y nutricionista, Federico Soriguer, defiende la moderación y nuestra comida mediterránea.

No hay que ir muy lejos para encontrar la dieta más saludable. La tenemos muy cerca, aquí, en casa. Es nuestra cocina tradicional. No lo olvidemos.