Diario Sur

LA TRIBUNA

Silencio

Los amigos que me leen me instan a hablar más de política pero, en el momento que nos encontramos, tras el último debate, no nos queda otro remedio que mantener un irrespetuoso, pero educado, silencio, hasta que no tengamos más remedio que volver a hablar en las urnas. Y castigar a la clase política con la abstención sería peligroso además de ineficaz.

Hablaré pues de otra cosa. En la temporada cultural que inauguramos pienso que será relevante el 'Silencio' con el que titula su novela el japonés Shushaku Endo, que es el silencio infinito y persistente de Dios; y también el silencio sobrecogedor de un universo que unos consideran creado y otros no. Como dice el genio ruso científico Slava Mukhanov, todavía, y no sabemos si nunca, no es posible dar sentido matemático al origen de éste y otros posibles universos. En definitiva, una ecuación no podrá sustituir nunca al salto abismal y trascendental que la fe nos demanda. Porque, al día de hoy, y pienso que nunca, ni se podrá demostrar la existencia de Dios, ni su inexistencia. En toda la novela de Endo, llevada al cine por Scorsese, está presente esta experiencia: un Dios absolutamente silente pero que Rodrigo, el jesuita torturado que la protagoniza, encuentra, o quiere encontrar, en el rostro lacerado de Jesús de Nazaret, callado y sumiso hasta cuando es pisoteado en la imagen deformada del 'fumie' que utilizan los japoneses para el rito simbólico de la apostasía. Todavía no he visto la película, pero seguro que será uno de los acontecimientos de la temporada de cine que comienza en otoño. Veremos si el magistral director es capaz de transmitir el drama espiritual de los protagonistas, aunque pienso que Liam Neeson es una importante baza para encarnar a uno de ellos.

Dicen, y yo lo comparto, que Endo es el Graham Greene oriental. Desde luego, si Charles Moeller lo hubiera conocido, por ser coetáneo con él, y no hubiera limitado tanto su monumental 'Literatura del siglo XX' y 'Cristianismo' al mundo occidental, lo hubiera incluido sin duda en el tomo primero de esa obra, dedicado al silencio de Dios. La soledad de Rodrigo, el protagonista, llega a ser asfixiante y agotadora, incluso cuando trata de sentirse compañero del crucificado que le pregunta al Dios Padre por qué le ha abandonado. En esa hora oscura del alma en la que el dolor físico carece de importancia, ante el vacío inmenso creado por la duda y la ausencia de respuestas, las grandes preguntas de la existencia del hombre cobran un dramatismo incomparable porque conciernen al sentido mismo de su existencia y sus convicciones. Es fácil no hacerse preguntas durante una vida confortable, pero trascendental cuando está en juego ese sentido de la propia vida y su futuro.

Rodrigo descubre en este relato de carácter histórico que llamar «salvajes» a todos los habitantes del mundo que no eran occidentales, como solía hacerse en el siglo XVII en el que se desarrolla la acción, no se corresponde en absoluto con una cultura que es refinada hasta en las formas de tortura psicológica. El señor de Chikugo, que dirige los interrogatorios, no solo trata de hacerse comprender, justificando su postura contraria a los misioneros católicos con la vigencia, casi universal entonces, de correlación entre el reino y la religión que lo cohesiona, como ocurría en los estados católicos, sino que inocula en el corazón del misionero, que se ve obligado a contemplar el martirio de los convertidos por él, un sentimiento de culpabilidad derivado de su orgullo o su fanatismo. «Vamos -le acucia el intérprete-, si es solo una pequeña formalidad... ¿qué más da una cosa que otra? Pise (el 'fumie') por pura fórmula y ya está». El protagonista, que había acudido además a Nagasaki a descubrir si era verdad que su admirado maestro Ferreira había apostatado, recibe finalmente la visita de éste. Pero no quiero ser un 'spoiler', un reventador, pero sí reproducir el lamento, casi universal, de Rodrigo, antes de decidirse: «Señor -dirigiéndose a Dios-, me dolía que estuvieras siempre en silencio». Y en su interior cree oír: «No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo».

Asistimos también ahora a las diversas formas de martirio o desolación que siempre han estado presentes entre los hombres. Y como siempre el insondable y sonoro silencio de Dios nos acompaña o nos angustia. Pero ¿dónde estás? ¡Háblame!, le gritan, desde su noche, Francisco de Asís, Juan de la Cruz, Teresa de Calcuta. Y desde siempre ahí está la misma respuesta: En el que tiene hambre y sed, en el perseguido, en el desnudo, en el solitario... Quizás desde que esas palabras fueron dichas no hay silencio. Como decía Rahner: es en el corazón de este polo secreto donde Dios se comunica con nosotros.