Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

Creerse Málaga

Hay veces, como en todo en la vida, en que compensa tomar perspectiva. Momentos en que se hace necesario el huir brevemente del tráfago de siempre. Ganar altura y distancia. Tomar un poco de perspectiva sobre la ciudad y sus asuntos. Compensa ver cómo cae el sol en Málaga desde una curva cerrada de la carretera de los Montes; un poquito más arriba de las antenas de la Venta del Mirador. Es desde allí, donde el olor a pino embriaga, donde este intruso encuentra una de las mejores vistas de la ciudad. La ciudad extendida, entregada venturosamente al mar. Y el mar, abajo con sus azules degradados, con sus corrientes y con sus delfines. Monte abajo, Málaga se deja ver y se deja amar. La altura permite otear la ciudad como un todo vivo. Y con el silencio, se puede repensar Málaga.

Desde esta altura, se ve Málaga acostada en el Mediterráneo; bella y expandida. Un crucero gigante marca su senda en el agua; a ciertas horas, el sol cencellea en las cristaleras más altas. La imagen difiere ya cuando la noche, en esas horas en que el 'skyline' de la ciudad del Paraíso incendia el mar. Conviene, digo, recrearse en esa visión de Málaga; tomar altura, sí, para repensar, insisto, la ciudad.

Desde arriba, desde el impagable espectáculo de un mirador de la antigua Carretera a Madrid, piensa uno, precisamente, sobre la Málaga que se nos viene encima. La Málaga del futuro, la Málaga que está de moda en medio mundo. La Málaga de la que se habla y se piensa de Nueva York a Pekín casi que como un trasunto del Paraíso. Málaga se encuentra hoy por hoy en ese momento decisivo, en el que un gesto, por mínimo que sea, nos ha de convertir en gran ciudad. Pienso esto, sí, a resultas de la construcción del Hotel del Puerto, de la visita del ministro Catalá a la ciudad, y del turismo que se nos viene encima.

De modo que la ciudad se encuentra en ese milagroso momento en puertas de años que serán venturosos. Del malagueño depende, sí, liderar un nuevo despertar del buen turismo en España. Conviene que el malagueño, sí, tome conciencia de la ciudad que se le viene encima; que olvide debates espurios y asuma con orgullo que la ciudad cambia hacia mejor.

Un amigo me da la clave fundamental de la situación: «el problema es que somos una gran ciudad y no nos lo creemos». Yo le digo que con amor y pedagogía, todavía, podemos asomarnos a un futuro prometedor que empieza, quizá, en el Hotel del Puerto; que lo mejor está por llegar.

Sólo hace falta que cambiemos el chip, que pensemos a Málaga en progreso. Que en este hoy decisivo, no nos pongamos palos en la rueda ni neguemos por principio todo progreso vertical. Que no contradigamos los elogios que viene haciéndonos el 'New York Times'.

No desaprovechemos, malagueños, que estamos 'de dulce'.