Diario Sur

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Las vestiduras y las normas

Dicen que España es hoy como una gran olla al fuego a la que se le echa de todo para que cueza larga y lentamente. Un guiso con mil cocineros distintos, cada uno con alma de chef.

La Biblia nos enseña que en tiempos había situaciones en que las gentes se arrancaban sus ropajes rompiéndolos cuando sentían vergüenza, furia, tristeza profunda o cualquier otra reacción de dolor por un ultraje. Jacob rasgó sus mantos cuando pensó que un animal salvaje había matado a su hijo José (Génesis 37:18-35). Caifás, el Sumo Sacerdote en tiempos de Cristo, rasgó sus vestiduras ante el Pleno del Sanedrín cuando acusó a Jesús de un pecado muy grave (Mateo 26:59-66). En general, dice la historia que muchos de los que rasgaban su ropa lo hacían por esa farisaica costumbre o porque querían parecer muy buenos. No hay que olvidar que ese acto se hace siempre ante aquellos a los que se les quiere mostrar el dolor o la vergüenza, «que todos sean testigos de la profunda pena que embarga a nuestros corazones.».

Dicen que una cosa son las responsabilidades penales o civiles y otra las responsabilidades políticas. Estas últimas deben exigirse aunque no se haya infringido la ley o no esté probado y ello ha de hacerse siguiendo unas normas no escritas, cuya aplicación en la práctica sólo suele exigírsele al contrario. Estas normas sin codificar son muchas y se aplican distinto, según parezca, convenga o aparenten encajar. Lo cierto es que cada cual tira de la cuerda para sí mismo, amagando con lo propio y expresando a gritos su inmenso desagrado por la conducta del adversario. Uno de tantos ejemplos sería la paciencia que hubo en su día -en el llamado 'Caso Campeón'- con Pepiño Blanco, el exministro. No se aplicó eso de imputación-dimisión, tampoco lo de darse de baja en el escaño o cargo por la apertura de juicio oral, no. El señor Blanco dijo que no se iba y no se fue, mientras sus compañeros del PSOE amagaron, fueron comprensivos y callaron. Finalmente fue absuelto y todos respiraron triunfadores, aliviados y muy sorprendidos.

En general la paciencia se tiene sólo con los propios compañeros de partido, nunca con ningún otro. Al compañero se le justifica, se explican las causas de justificación o los atenuantes que le asisten, al contrario se le acusa y se le agrava el relato de su conducta todo lo posible. Se trata sin duda de obtener alguna ventaja partidaria al resaltar lo negativo del que está en frente y ensalzar constantemente las presuntas virtudes y méritos de los propios compañeros. Pero a veces el resultado es tan exagerado que resulta difícil de soportar.

La culpabilidad o inocencia no son sólo un concepto jurídico. Socialmente una conducta humana puede acabar por tener una determinada consideración de modo generalizado, aunque se trate del fruto de un más que superficial análisis o una falsa acusación. Sin embargo, no es permisible que el representante público, el líder político, acabe por encabezar este tipo de juicio social sumarísimo sumándose o azuzando a las masas para obtener una pírrica y vergonzosa ventaja. El papel de los llamados a dirigir, encabezar o representar la cosa pública es el de respetar y hacer respetar las instituciones y los principios constitucionales, no el de banalizar la apariencias ayudando a manipular y prejuzgar tal y como les convenga y en los casos que así les interesen. Eso o demoler definitivamente el Principio de Presunción de Inocencia, un rasgo esencial de los países democráticos y que sólo en ellos se da.

Ante las peticiones de pena del Fiscal por el 'Caso Ere' a determinados dirigentes, como Manuel Chaves o Griñán, el presidente Rajoy ha dicho alto y claro: «. no seré yo quien afirme que sean culpables o inocentes, habrá que estar a lo que digan los Tribunales. A ellos me remito y descarto hacer utilización de estas cuestiones en campaña electoral de lo que nada tiene que ver.».

También hemos conocido el auto del Tribunal Supremo en el que se indica que es intención del mismo proceder a investigar a la senadora Rita Barberá, una vez salvados los trámites y requisitos debidos. Bueno sería esperar en vez de llevar a cabo esta flagrante condena previa a la que parecen haberse abocado unos y otros, por muy fuerte que sea la tentación de mostrar la presunta vergüenza ajena escondiendo o maquillando la propia.

Una sociedad democrática madura debe aspirar a respetar las sentencias y la ley sin exceptuar a nada ni a nadie, más allá del hooliganismo de sus propios deseos, empezando por sus líderes o que pretenden serlo.