Diario Sur

Teoría y práctica de la democracia interna

Hace unos días leía una entrevista a un viejo dirigente de la izquierda comunista, ahora diputado de Unidos Podemos, en la que recomendaba tener cuidado con la democracia interna: «Me parece extraordinario -afirmaba- que se juegue a la democracia, pero hay que recordar que los poderes quieren rompernos, dividirnos y situar un liderazgo alternativo a Pablo Iglesias. Hace falta ser un ingenuo para pensar que lo que hagamos no va a ser utilizado por el enemigo».

A un socialista, como es mi caso, ese tipo de planteamientos le activan todas las alarmas políticas, y hasta biológicas. Al fin y al cabo, los socialistas ya apostábamos apasionadamente, frente a los comunistas, por la democracia representativa y la libertad política, bastante antes de que buena parte de la derecha se hiciera totalitaria. Hombres como Pablo Iglesias Posse, el fundador del PSOE, y Fernando de los Ríos, reivindicaron las libertades democráticas frente a quienes, entregados a la tarea de asaltar los cielos, despreciaban lo que llamaban, y siguen llamando, libertades burguesas. Fue entonces cuando los socialistas descubrimos que si alguien te pide que le entregues tu libertad a cambio del pan, la paz o la victoria, es que te va a robar el pan, la paz y la victoria.

No es de extrañar el descubrimiento de los comunistas y populistas de izquierda de Carl Schmitt, tan querido del nazismo. Para Schmitt la política tiene que ver con el enfrentamiento a muerte entre posiciones irreconciliables. Para quienes ven la política de esa manera los debates parlamentarios son una pérdida de tiempo, lo que hay que hacer es tomar decisiones sin perder ni un minuto. Dice Byung Chul Han que «la palabra 'decisión' procede del decidere latino, que significa 'cortar'. Las decisiones se toman degollando al otro, al enemigo. Así es como se le corta la palabra». La deliberación democrática se funda en una concepción completamente distinta de la política, en palabras de Han: «En lugar del combattere aparece el compromettere».

Hoy ya casi nadie cuestiona la democracia y las llamadas libertades burguesas, pero siempre hay quienes, a derecha e izquierda, en los momentos de dificultad de los países y de las organizaciones políticas, tienen la tendencia a ver las condiciones y la necesidad de instaurar un Estado de Excepción schmittiano, es decir, a suspender las libertades hasta nuevo aviso. No se atreven a decirlo claramente, pero lo dicen. Y, en cuanto pueden, lo practican. Eso sí, con el aplauso de propios y extraños.

En los años 20 del pasado siglo los socialistas españoles tuvimos claro que Lenin no era un modelo político para nosotros, pero una década más tarde muchos socialistas aclamaban con entusiasmo a Largo Caballero como el Lenin español. Nuestra historia, y esa es una de las ventajas de tenerla, debería prevenirnos contra la enorme fuerza de las modas políticas, y llevarnos a perseverar en nuestros valores y en nuestra tradición política, para no terminar practicando aquello que decimos rechazar.