Diario Sur

RELACIONES HUMANAS

La seducción de la ligereza

La ligereza se impone. En todos los órdenes de la vida, las pesadas cargas que antes estábamos condenados a llevar empiezan a esfumarse dejando paso a bienes de tamaño reducido y escasa densidad que nos hacen la existencia más confortable. De la misma manera que un ‘gadget’ electrónico de tamaño insignificante es capaz de contener hoy un volumen de información que antes ocuparía bibliotecas enteras, una aire de liviandad recorre el mundo penetrando en las modas, los estilos, las prácticas cotidianas y hasta las propias ideologías, cada vez más despojadas de presión doctrinal y reducidas a escuetos vademécums de fácil aplicación. Cualquier observador curioso de la realidad que nos rodea encontrará motivos sobrados para dar la razón a Gilles Lipovetski cuando asegura en ‘De la ligereza’ (Anagrama, 2016) que lo ligero se ha erigido en «un ideal, un imperativo en múltiples esferas: objetos, cuerpo, deporte, alimentación, arquitectura, diseño», hasta llegar a afirmar un «culto polimorfo de la ligereza» instalado en el corazón de esta era hipermoderna que nos ha tocado vivir.

No es que se hayan desvanecido los tótems corpulentos e imponentes venerados en nuestro inmediato pasado. Algunos siguen en pie y no dejan de crecer, ya sean los grandes hipermercados y centros de diversión, ya los rascacielos que rivalizan en las grandes capitales de Oriente por alcanzar alturas inverosímiles, ya los cuerpos esculpidos hasta la ferocidad en los gimnasios. Pero junto a ellos cobran un renovado prestigio los bienes de pequeño tamaño, correlato y metáfora de otras reducciones que se producen en el terreno cultural o intelectual. Lo escaso, antaño signo de penuria o de flaqueza, adquiere ahora el prestigio de las decisiones vitales sabias. Si comer poco es una demostración de voluntad y salud, y no de falta de recursos, decorar la propia vivienda al estilo zen con un mínimo de elementos da fe de nuestro buen gusto. Al lado de las novelas de cientos de páginas, a menudo penalizadas por el lector con la sospecha del best-seller de consumo, proliferan las narraciones minúsculas que emulan (y no solo en tamaño) el género discursivo más característico de la época, el tuit de ciento cuarenta caracteres. Y a las aficiones deportivas que antes celebraban la fuerza, la energía y la resistencia en contacto con la tierra empiezan a sustituirlas otras basadas en el vuelo, bien en el sentido literal –el ala delta y sus variantes–, bien en saltos, piruetas y otras evoluciones en el aire. Pruebas sobran, pues, de este retorno a la pequeñez y a la menudencia sobre el que Lipovetski ha tratado de construir toda una interpretación de la época, en cierto modo a la manera de Bauman cuando hace lo propio con la sistemática aplicación del concepto de ‘líquido’ a todo lo que represente una oposición a los viejos paradigmas ‘sólidos’.

Los periódicos contaban días pasados la historia de un excéntrico millonario neoyorquino, James Altucher, que un buen día decidió elegir 15 cosas de su propiedad, ni una más ni una menos, meterlas en una bolsa de deporte y desprenderse del resto de sus bienes, parte de los cuales donó a obras de caridad y otra parte mandó directamente a la basura. Desde entonces este gurú de la autoayuda vive sin casa, ni coche, ni otros enseres que unas pocas prendas de vestir, un ordenador portátil y una tableta electrónica. Para apañárselas no hace falta más, parece pregonar este asceta de la hipermodernidad desafiando el consumismo imperante. Su apuesta por la liviandad sintoniza con otras muchas corrientes del nuevo bienestar que de un modo u otro regresan a un aligerado ‘beatus ille’, corrientes que para Lipovetski consagran el triunfo de un hedonismo grácil entre espiritual y poético. Pero no es porque vayan contracorriente, sino más bien al contrario. Los avances científicos también apuntan a la desmaterialización, es decir, a la producción y el uso de materiales cada vez más ligeros al mismo tiempo que se consume menos materia y energía. La informática reduce exponencialmente el tamaño de sus artilugios y soportes hasta el punto de ofrecernos ya la posibilidad de reducir a la mínima expresión nuestros terminales e incluso el software que les da vida; la feliz metáfora de la ‘nube’ no solo designa el lugar donde se almacenan nuestros datos, sino también su condición etérea, sutil, liberadora.

Ahora bien, se pregunta Lipovetski, ¿hemos ganado asimismo en ligereza interior? Podemos viajar más ligeros de equipaje con la tranquilidad de ir pese a ello más seguros y con mayor dominio de la situación. Sin embargo aumentan las situaciones que nos hacen frágiles. Cualquier contrariedad nos desarbola, la felicidad se nos antoja más lejana y caemos fácilmente en el abatimiento. ¿Será que, seducidos por la ligereza práctica, no hemos reparado en su otra vertiente frívola y banalizadora que al fin y a la postre nos vacía de sentido y en consecuencia nos debilita?